A propósito de mi artículo en Libertad Digital sobre las descargas de música y la propiedad intelectual, Salvador Sostres responde en Factual: Robar es robar. Mi contra-réplica: Copiar es copiar.
La respuesta de Sostres es bastante retórica, oscila entre el ataque ad hominem y la reiteración. Me atribuye la opinión de que la literatura, la música y las demás disciplinas artísticas se han desarrollado a través de la copia, pero lo más que he llegado a decir es que la imitación y la emulación son consustanciales al progreso, y la competencia en el mercado a menudo consiste en hacer modificaciones marginales a bienes y servicios existentes: producir lo mismo que otro un poco más rápido, vender lo mismo un poco más barato, vender al mismo precio algo un poco distinto.
Sostres esquiva convenientemente algunos interrogantes: ¿debe modificarse la legislación para que los modistos puedan proteger sus diseños, los arquitectos sus dibujos, los matemáticos sus fórmulas, o los coreógrafos nuevos movimientos de danza? Lo que defiende Sostres no es meritocracia, es proteccionismo. Si de los ingresos del músico se trata, pues tendrá que adaptar su modelo de negocio lo mismo que tuvo que hacer el librero. Más conciertos en directo, más valor añadido atado a la música, más publicidad, más suscripciones. El mundo digital ha sacudido a los dinosaurios pero ha facilitado la entrada a muchos artistas, reduciendo extraordinariamente los costes de producir y distribuir música.





