Citoyen, desde su posición neoprogresista, saca los colores a los socialistas nostálgicos de la Alemania Oriental y aquel "otro mundo posible" que servía de referente anti-capitalista. Su crítica no va dirigida solo a los comunistas sino a aquellos izquierdistas que no han marcado suficiente las distancias con el totalitarismo del pasado (y del presente).
Es dramático comprobar que, incluso 20 años después, hay quién todavía no ha digerido la caída del muro; gente que manifiesta equidistancia respecto entre el comunismo y la democracia liberal; gente que piensa en la caída de la URSS con la melancolía con la que se pensó en su día en la caída del imperio romano o la conquista de Constantinopla por los turcos. El problema es profundo y diagnostica las contradicciones profundas que existen en el paradigma estético de la izquierda; creer que se puede seguir hablando en clave anticapitalista- sea lo que sea eso que suelen llamar “capitalismo”-, como si realmente hubiera una alternativa, y al mismo tiempo ser demócrata; hablar como si la tercera vía- esto es, las políticas que los socialdemócratas llevamos practicando desde la posguerra- fueran una amarga concesión, algo con lo que tenemos que cargar. O dejar de lado cualquier aplicación práctica y declararse abiertamente anticapitalista pasando a una ritualización de la lucha, a la exaltación de lo sentimental, a la reutilización recursiva de las “luchas antifascistas” cayendo en alguna forma de nihilismo político. De forma simétrica, la derecha, conservadora, católica o liberal, ha capitalizado la caída del muro como una victoria de no se sabe muy bien qué -el capitalismo, el catolicismo, el anticomunismo, el fracaso de la ingeniería social- habiendo dejado a la izquierda, con la colaboración de esta última, a la defensiva durante los últimos veinte años. (...)
[A]lgunos todavía hablan en serio cuando dicen -o callan- que añoran los desfiles de las tropas rusas en la plaza roja de Moscú; otros añoran esa época en la que existía una alternativa incierta pero distante, lo suficiente como para que la disonancia cognitiva permitiera limar los detalles molestos de las no tan populares democracias del Este y miran hoy a Cuba con una mezcla de complacencia y equidistancia intentando justificar lo injustificable. Y mientras tanto, estaremos perdiendo la oportunidad de arrebatarle a la derecha el monopolio de lo posible.
Citoyen, dando un baño de realismo a la izquierda, propone compatibilizar el mercado (que está aquí para quedarse) con los derechos sociales y civiles de la tradición izquierdista. Mucho hay para discutir sobre esta compatibilidad y esa tradición (y bastante hemos discutido ya), pero Citoyen al menos sabe marcar distancias. Otra cosa es que vistas de lejos, o desde un prisma liberal, esas distancias se vean acortadas y sean parte de la misma pendiente.