Tom W. Bell esboza algunas ideas interesantes sobre el contractualismo constitucional.
Constitutional contractualism suggests, for instance, that we interpret the U.S. Constitution as a form contract written, judged, and offered by a government services provider. That adhesion contract binds citizens to the extent that they objectively manifest consent to the federal government's proposed bargain. The Constitution thus binds most of us only rather weakly. (...)
A contractual constitution can claim justifiability only relative to certain parties, such as one who signs a promise to obey the Constitution. A hierarchy of justifications applies to the constitutional contract, running from the ideal of a negotiated and express agreement between equals, through a form contract imposed from on high, down to consent implied by conduct, bottoming out at hypothetical consent. Greater justifications trump lesser ones. An express disavowal of allegiance, for instance, typically negates an argument for implied consent. Constitutional contractualism thus suggests that the U.S. Constitution binds government agents very tightly, while binding the government's subjects only loosely, at most.
Su aproximación me parece sugerente y promotedora, y fruto de estas primeras ideas surgió un ensayo que aún no he leído: Graduated Consent Theory, Explained and Applied. El resumen:
We often speak of consent in binary terms, boiling it down to "yes" or "no." In practice, however, consent varies by degrees. We tend to afford expressly consensual transactions more respect than transactions backed by only implied consent, for instance, which we in turn regard as more meaningful than transactions justified by merely hypothetical consent. A mirror of that ordinal ranking appears in our judgments about unconsensual transactions. This article reviews how a wide range of authorities regard consent, discovering that they treat consent as a matter of degree and a measure of justification. By abstracting from that evidence, we can outline a theory of graduated consent. This article concludes by testing a graduated consent theory against such problems as enforcing standardized agreements, justifying political coercion, and reading a constitution. In those and other applications, a theory of graduated consent can contribute to legal, moral, and economic reasoning.
En principio su tesis gradualista (grados de consentimiento: fuerte, tenue...) choca con mi concepción binaria del consentimiento, entendido como una aceptación o rechazo explícito (o implícito en el actuar pero explícito en su significado) a una propuesta de acuerdo. Pero el planteamiento tiene fuerza intuitiva, considera grises razonables entre el blanco y negro, no pretende impugnar el consentimiento explícito sino compatibilizarlo con otros consentimientos (implícitos, hipotéticos), que tendrían fuerza subsidiaria. Tom Bell admite que la devastadora crítica de Lysander Spooner a la legitimidad de cualquier Constitución es válida, pero quizás hay espacio para una Constitución con una legitimidad más débil y no universal.
Mi opinión sobre la legitimidad de la Constitución la expresé en este artículo para el IJM: El Estado sin autoridad. Sigo manteniendo la misma tesis, aunque es posible que los argumentos de Bell me lleven a matizarla. Por ejemplo, estoy dispuesto a aceptar que una parte de la población sí consiente a los términos de la Constitución, de forma implícita sino explícita, pero no estoy seguro de que eso haga que sea vinculante para ellos, entre otras cosas porque rechazo los llamados "contratos de sumisión" o "esclavitud" por los cuales una persona puede enajenar su libertad sin posibilidad retirarse del acuerdo (es decir, defender que la Constitución me vincula de por vida por el mero hecho de haberla suscrito en algún momento equivale a decir que no puedo abandonar un trabajo si he firmado un contrato de 10 años, o que no puedo divorciarme etc.). Me gustaría saber cómo aborda Bell esta cuestión. Por otro lado, a favor de la concepción de Bell está el sentimiento de injusticia que me produce el hecho de que carguen impuestos a gente que por principio los considera un robo, en contraste con el hecho de que Hacienda se cebe en un socialista que se muestra entusiasmado con la redistribución de la renta, lo que tiene visos de justicia poética.
La crítica a la legitimidad de la Constitución que escribía en el artículo bebe del tratado de Spooner: