En mi último artículo en Factual (que estrena diseño) critico la huelga del personal de cabina de British Airways, que ha dejado a miles de pasajeros en tierra. Afortunadamente he vuelto de Nueva York con Virgin, así que no he sido uno de ellos.
Para empezar, la tripulación de British Airways es la mejor pagada del país, con bastante diferencia respecto a otras aerolíneas como Virgin o Easyjet. Que en un contexto tan precario para la compañía el sindicato aún se crea en posición de frenar reducciones de coste ilustra que la mentalidad de funcionario ha sobrevivido a la privatización.
Pero independientemente de las condiciones contractuales de la tripulación, el problema es el mal llamado derecho a la huelga, que no es sino el privilegio de coartar al empresario con la ayuda del Estado. Es un “derecho” a gandulear y a quejarse sin que la compañía pueda despedirte. Sin duda, el empleado tiene derecho a no trabajar y a protestar cuanto quiera, pero el empresario debería tener un derecho simétrico a despedirle sin tener que pagarle una compensación inasequible impuesta por el Estado. Por añadidura, y gracias a los laboristas, los contribuyentes ingleses pagan salarios de los sindicalistas (y los de los jefazos no salen baratos…).
No cabe apelar a la subordinación del trabajador al “capital”, como si no tuviera libertad para irse a otra empresa que le ofrezca mejores condiciones (y tenderá a hacerlo si es productivo y está mal pagado). Si contratáramos a un empleado para nuestra tienda, y en el momento de la renegociación del contrato nos amenazara con dejar de trabajar 20 días si no le pagamos más, ¿no nos parecería un abuso?





