En mi artículo para Libertad Digital esta semana comparo el relativo estancamiento de las economías occidentales con el auge de las economías emergentes.
Hace pocas décadas la manufactura se concentraba en el G-7 y los países subdesarrollados se dedicaban a suministrar materias primas y componentes. Occidente era el motor económico de un mundo unipolar. China padecía el yugo destructivo de Mao, India estaba cerrada al mercado, y Brasil se encontraba sometido a una junta militar. No por más tiempo.
Hoy las naciones en desarrollo que suman 3.000 millones de personas tienen un crecimiento económico superior al 8% anual, mientras Occidente a duras penas registra tasas positivas. La Unión Europea y Japón están en relativo declive, con asfixiantes Estados de Bienestar y una población cada vez más envejecida. Estados Unidos no está en una situación tan precaria, pero a largo plazo su protagonismo es menguante. Mientras tanto, China sustituye a Japón como segunda potencia mundial, Brasil a España como octava potencia, e India está a las puertas del top 10.





