Francisco Moreno escribe un artículo muy informativo en el IJM sobre el progreso de Vietnam estas últimas décadas. La transformación capitalista que está experimentando el país años después de que fracasara la intervención militar para expulsar el comunismo menoscaba el argumento neocón de que "hay que hacer algo" para liberar a pueblos foráneos de la tiranía (normalmente ese "algo" significa bombardear, ocupar y reconstruir en clave dirigista). El discurso neocón suele presuponer que el cambio solo puede producirse mediante intervención militar, y asocia la defensa de la no-intervención con la indiferencia hacia el cambio. Ello, combinado con analogías simplistas que eluden los problemas particulares de la política exterior ("¿que harías si ves que están maltratando a tu vecina?"), dota de fuerza intuitiva al posicionamiento belicoso. Pero el cambio en una sociedad oprimida se produce a menudo por factores endógenos, por evolución interna y no por revolución externa, y es cuando así sucede que las transformaciones tienen una base más sólida y mejores perspectivas.
En Vietnam fracasó la intervención militar y los comunistas se hicieron con el poder. Apenas una década después empezaron las reformas de mercado, y hoy el país se parece muy poco al que quería Ho Chi Minh. En Irak y en Afganistán casi se ha cumplido una década desde la intervención y la ocupación, y no parece que la transformación democrática y social tenga los fundamentos necesarios para perdurar en ausencia de una fuerza militar extranjera. Cuanto más tiempo pase sin que la situación se estabilice y los frutos de las reformas se materialicen, más probable es que una historia alternativa hubiera producido cambios endógenos a un coste menor y con una base más firme.
En julio de 1986, cuando Lê Duân -sucesor de Ho Chi Minh- falleció, las autoridades comunistas de Vietnam llegaron a la conclusión de que más recetas de corte estalinista iban a suponer sencillamente el colapso de su cuerpo social. (...) Fue entonces cuando pusieron en marcha su particular perestroika (un año antes que la soviética) para transformar todo su modelo productivo desde una economía centralmente planificada hacia otra más amable con el mercado -tutelado, no obstante, por el poder comunista-. A este sensato cambio se le denominó Doi Moi (renovación).
Lo que se inició como una tímida reforma del sistema económico comunista de Vietnam, acabó derivando -especialmente en 1991 tras el desmoronamiento definitivo de la URSS- en un repudio de facto de todos los principios responsables de su calamidad económica. Los cambios más importantes consistieron en la abolición de aduanas internas, el fin del control de precios y de subsidios directos, la instauración de precios y salarios de mercado, la descolectivización de la agricultura, el reconocimiento y protección de la propiedad privada, el permiso a los empresarios para contratar inicialmente hasta cinco trabajadores, la reducción progresiva de restricciones a la autonomía empresarial, la liberalización de amplios sectores de la economía, la supresión del monopolio estatal del comercio exterior y la apertura internacional del mismo, la privatización de algunas empresas públicas y la creación de zonas francas que garantizasen el capital extranjero. Todo aquello fue enmarcado en una suficiente estabilidad institucional. (...)
Miles de pequeñas o pequeñísimas empresas empezaron a ofrecer sus bienes y servicios dentro y fuera de sus fronteras en una frenética marea de intercambios, inversiones y turismo. Hoy, dos terceras partes del producto interior de Vietnam provienen de la iniciativa privada. La crisis asiática del 97 le afectó poco y desde hace más de una década, su tasa media de crecimiento está por encima del 7%. Actualmente Vietnam es el segundo exportador de arroz del mundo (después de Tailandia) y el segundo vendedor de café (tras Brasil); también es uno de los principales actores en la exportación de caucho natural, muebles, calzado y confección textil.





