No comenté nada sobre la victoria del candidato derechista Sebastián Piñera en la segunda vuelta de las presidenciales en Chile. En una entrada anterior hacía referencia al peculiar espectro político chileno, escorado hacía el liberalismo-conservador (el equivalente al PSOE es un partido minoritario). Chile acaba de ser admitido en la OCDE como país oficialmente desarrollado, ha entrado en el Top 10 de las economías más libres del mundo, y el nuevo gobierno de Piñera prepara reformas para dinamizar la economía.
El caso de Chile también ilustra las ventajas de la descentralización y la competencia institucional. Siendo una unidad política independiente, con un modelo económico marcadamente distinto al de muchos de sus vecinos latinoamericanos, los liberales podemos mostrarlo como ejemplo de lo que funciona. El éxito de Chile contrasta con el fracaso de países como Venezuela o Cuba, y esa comparación visible vale más que una pila de trabajos académicos y argumentos teóricos. En este contexto vale la pena destacar la importancia de la descentralización: el testeo del liberalismo y el socialismo, la comparación de sus resultados, la emulación del éxito etc. es posible porque existen unidades políticas autónomas aplicando su propio modelo y "compitiendo" entre sí. Unos prosperan más que otros. Algunos directamente se hunden.





