El Parlamento catalán se dispone a debatir sobre la prohibición de la tauromaquia. Guillermo Dupuy escribe en Libertad Digital un buen artículo en contra de la prohibición:
Naturalmente no niego que en Cataluña, como en el resto de España, haya partidarios de la prohibición que basan sus liberticidas intenciones, no en cuestiones de identidad, sino en el sufrimiento que supuestamente padece el animal durante la lidia. A estos les recomendaría la lectura del estudio del director del Departamento de Fisiología Animal de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid, Carlos Illera del Portal, que demuestra científicamente cómo el toro es una animal absolutamente especial, "endendocrinológicamente" hablando, y está perfectamente adaptado para la lidia. Y es que todos sus mecanismos hormonales se ponen en funcionamiento de una manera totalmente distinta a la de cualquier otro animal o las personas. Los toros en el ruedo, tal y como demuestra el estudio, liberan betaendorfinas, también conocidas como la "hormona de la felicidad", que bloquean los receptores de dolor en el sitio donde éste se está produciendo hasta que llega un momento en que el dolor y el placer se equiparan, y deja de sentirse dolor.
Eso, por no hablar de la vida que durante años se da el toro antes de la lidia, comparado con la de otros animales contra la que estos antitaurinos no levantan la voz. El sufrimiento de un animal no está en función de quien lo contempla, y naturalmente no pretendo convencer a nadie cuya sensibilidad –o falta de ella– vea en el ritual de la lidia la tortura de un animal. La afición o la aversión a la fiesta de los toros entran de lleno en el campo de la sensibilidad, pero por eso mismo no deberíamos desligarla de la libertad individual.
Francesc-Marc Álvaro, que también rechaza la prohibición de los toros, pone el contrapunto en La Vanguardia: Toros y banderas.
[M]e hace mucha gracia que ciertos protaurinos, que creen detectar el fantasma del nacionalismo catalán moviendo todos los hilos contra su fiesta, vean la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Porque es obvio que también hay sectores que defienden las corridas en Barcelona únicamente porque consideran esta tradición un valladar intocable de lo que ellos entienden que es el más sagrado imaginario "común" español. Lo que vale para (parte de) los detractores vale para (parte de) los defensores.
Pero hay una diferencia que Álvaro debería apreciar: los nacionalistas españoles protaurinos no intentan prohibir nada a nadie, los otros sí. ¿Qué ocurriría si los nacionalistas españoles quisieran prohibir una actividad asociada con el catalanismo? Esa es la analogía apropiada.
Luego nos encontramos con posturas hipócritas como la de ERC, que está a favor de prohibir las corridas de toros pero no los "correbous" de tradición catalana.
Personalmente me aburren los toros (también me aburre la Fórmula 1), e incluso me desagrada verlos morir. Pero suscribo el Manifiesto de la Mercé y las declaraciones de Albert Rivera en el Parlamento de Cataluña: ni protaurino ni antitaurino, a favor de la libertad de elección.
Actualización: Fantástico Arcadi Espada sobre la prohibición de los toros en Cataluña. Copio un fragmento largo pero vale la pena leerlo entero.
Los placeres son fáciles de estropear. No estoy seguro de que en el origen de toda fortuna anide un gusano. Pero en el núcleo del placer el gusano arrastra siempre sus anillos. ¿Cómo comerte el hígado del pato que ha sufrido? ¿Cómo se puede ser tan blindadamente feliz cenando por 200 euros, con la cantidad de niños sin pan! ¿Cómo no reconocer que en el fondo del aprecio desmedido por algún objeto artístico (un cuadro, un iPhone blanco) está la evidencia de que poca gente lo tiene, esa maldad profunda? ¿Cómo someterse a un masaje, incluso sin final feliz, cuando el tumbado se pone en la piel del que está de pie, sudando! Nadie piensa en el toro cuando está José Tomás ahí abajo, eso es todo. Cualquier placer observado es inmoral. Mira si no el Simón, antecedente del cura Puigcercós: el sodomita, el guitarrista, el que vive como gentil.
Se dirá: la puta, el boxeador deciden por sí mismos, a diferencia del toro. Oh, déjame detenerme un instante en este argumento. Naturalmente que el toro no decide; por eso es toro y nosotros hombres. El que dice que el toro no decide es que está viendo abajo un hombre banderilleado. No, no es el toro, claro: son unos hombres enfrente de otros hombres. A unos les ofende la sangre y a otros no. Como si quisieran prohibir las morcillas. Un legítimo y bronco combate moral entre hombres. Es decir, no entre hombres y morcillas. La corrida de toros sucede en un ámbito privado. En este sentido el recinto no se diferencia de la Cueva del Sado. Se trata de pagar la entrada. Pero el que sea un ámbito privado no exime de la intervención pública. Si en vez de toros se lidiaran hombres, la autoridad intervendría. Es legítimo y es lo que están pidiendo al parlamento: que la autoridad intervenga.
¿Esta petición es mayoritaria en la sociedad catalana? La cuestión no es si a la mayoría le gustan los toros. Tampoco a la mayoría le gusta el rugby ni el sushi de ingles. La cuestión es si la mayoría decide que hay que entrar en esa habitación privada, porque allí se están cometiendo atrocidades. Es una cuestión muy distinta. Si matar a un toro exige el derecho de intervención de lo público en lo privado, muchas otras habitaciones catalanas habrán de soportar la entrada de las fuerzas de seguridad. Yo comprendo que haya a quien le moleste lo que está pasando en el albero. Ahora bien: ¿hay un consenso cierto en la sociedad catalana para entrar en esa habitación y disolver a los presentes? Lo dudo. Dudo que el nivel ético de esta sociedad haya llegado a este punto. Porque llegado a este punto, foies, putas y boxeadores deberán ser automáticamente examinados. La ética es inexorablemente transversal.





