Leyendo la reflexión de Arcadi Espada sobre el editorial conjunto llego a un interesante artículo de Steve Pinker sobre la palabra de la discordia: la dignidad.
¿La dignidad es un concepto inútil? Casi. La palabra tiene un sentido identificable, que le otorga una reivindicación, aunque limitada, sobre nuestra consideración moral. La dignidad es un fenómeno de la percepción humana. Ciertas señales mundanas provocan una atribución en la mente del perceptor. Igual que las líneas convergentes en un dibujo propician la percepción de profundidad, y las diferencias de volumen entre los dos oídos nos advierten de la posición de un sonido, ciertos rasgos en otro ser humano generan adscripciones de valía. Estos rasgos incluyen signos de compostura, aseo, madurez, atractividad, y control corporal. La percepción de dignidad a su vez provoca una respuesta en el perceptor. Igual que el olor de pan en el horno provoca deseo de comerlo, y la visión de la cara de un bebé provoca deseo de protegerlo, la apariencia de dignidad provoca el deseo de estimar y respetar a la persona dignificada.
Esto explica por qué la dignidad es moralmente significativa: No debemos ignorar el fenómeno que hace que una persona respete los derechos e intereses de otra. Pero también explica por qué la dignidad es relativa, fungible y, a veces, dañina. La dignidad es superficial: es el chisporroteo, no el solomillo; la portada, no el libro. Lo que verdaderamente importa es el respeto por la persona, no las señales perceptivas que típicamente las provocan. De hecho, el hueco entre la percepción y la realidad nos hace vulnerables a las ilusiones de dignidad. Nos pueden impresionar las señales de dignidad sin un mérito subyacente, como con el dictador de hojalata, y no ser capaces de reconocer el mérito en una persona que ha sido privada de las señales de dignidad, como una persona pobre o un refugiado.





