Citoyen escribe sobre la regulación de los horarios comerciales. No la defiende, pero sí esboza una "justificación económica más o menos igual de válida" que el argumento favorable a la liberalización. El título, "¿Para qué sirve la regulación de horarios?", ya deja entrever que sirve para algo bueno. De acuerdo con el "argumento teórico" de Citoyen su función es "coordinar a la gente".
Las horas puntas existen y hay colas en los restaurantes, en el supermercado y en las carreteras en días y horas concretas mientras que el resto del día están vacías. Esto es básicamente un fallo de coordinación ya que, en principio, a uno le da igual ir a comer o a la compra o viajar a una hora/día que a otra/o .
Aquí es dónde entra la regulación de horarios. Si el Estado impone un horario (una restricción de oferta) obligatorio a todas las tiendas, los consumidores están disciplinados para coordinarse e ir todos a comprar en esa franja. Eso evita que estén disperados a lo largo de todo el día y en principio hace que la tienda opere más cerca de la plena capacidad todo el día. ¿Por qué tiene que ser obligatorio? ¿No se puede lograr el mismo efecto de forma voluntaria? Hay dos razones para ello. En primer lugar, tener un horario homogéneo facilita la transparencia y todo el mundo sabe a qué hora abren y cierran las tiendas. En segundo lugar, más importante, en ausencia de un sistema de licencias las tiendas tienen incentivos para desviarse del horario colectivo capturando una demanda que de otra forma se canalizaría en otro horario.
El problema básico de este argumento es que parte de una premisa falsa, a saber, que la gente no tiene realmente un horario preferido y puede adaptarse a los horarios ajenos sin coste alguno. En lugar de aceptar que distintos individuos prefieren comprar en horas diversas y que un mayor abanico de opciones les facilita la vida, Citoyen sostiene que "les da igual" el día o la hora a la que van a comprar, a comer o a viajar. El Estado, por tanto, puede alterar los horarios de la gente, o dictarle los horarios a la gente, sin perjuicio para su bienestar. Los está "coordinando" por su bien.
La premisa me parece tan ridícula que no voy a incidir más en ello. Si a alguien le da igual disponer de un menor abanico de opciones en cuanto a horarios de apertura de tiendas, restaurantes y locales de ocio es que su agenda es inusitadamente flexible o tiene demasiado tiempo libre. Los demás valoramos que se nos den más opciones para que podamos organizar mejor nuestro día a día y aprovechar más el tiempo.
De todos modos, el propio argumento de Citoyen incluye una refutación de esa premisa. Dice: "en ausencia de un sistema de licencias las tiendas tienen incentivos para desviarse del horario colectivo capturando una demanda que de otra forma se canalizaría en otro horario". En otras palabras, hay gente que prefiere otro horario. Si fuera genuinamente indiferente no habría demanda y la colusión privada sería estable. Por lo tanto, o bien la regulación es perjudicial para los consumidores (si la gente en efecto tiene preferencias sobre horarios), o es innecesaria (si la gente es indiferente y puede adaptarse sin coste alguno al horario pactado voluntariamente por los propios comerciantes).
Escribí una entrada relacionando la liberalización de horarios comerciales con el progreso, y comparando España con Londres.
Este tipo de compañas anti-progreso del pequeño comercio, y la mentalidad proteccionista que las anima, me transmiten la sensación de que en España y en Cataluña en particular aún estamos en el siglo XX. Madrid parece que está intentando saltar al siguiente. En Londres la libertad de horarios comerciales es una realidad indisputada. No hay protestas de "botiguers" (y no porque no los haya) ni creo que ningún partido de importancia siquiera se plantee dar vuelta atrás.
Abrir más horas tiene costes para el comerciante. En ausencia de regulación de horarios, si hay suficiente demanda (esto es, si la gente realmente lo quiere) y abrir más horas sale rentable, el comercio abrirá más horas. Si no la hay (o al dueño no le apetece), cerrará. Es un ejemplo de coordinación de mercado, no de descoordinación, y este simple argumento tiene la virtud de no despreciar las preferencias heterogéneas de los individuos en cuanto a horarios.
El afán de Citoyen por articular un argumento razonable a favor de la regulación de horarios comerciales me lleva a preguntarme: ¿Por qué este empeño por encontrar excusas para el intervencionismo? No hay ningún fallo de mercado a corregir, pero Citoyen necesita inventarse uno retorciendo el modelo (los individuos no tienen preferencias de horarios y están descoordinados) para argumentar que la intervención del Estado quizás sí sirve para algo. El mercado es de entrada sospechoso y la regulación recibe el beneficio de la duda.
Por último, la entrada de Citoyen tiene el efecto de dotar de respetabilidad académica una posición que es proteccionista sin apelativos. No hay ningún argumento teórico serio a favor de la regulación de horarios comerciales, lo único que hay es un lobby de comerciantes dispuesto a defender sus intereses en perjucio de otros comerciantes y del conjunto de los consumidores. El grupo de presión de toda la vida reivindicando privilegios. Ya hay bastantes cosas complicadas en este mundo como para que tengamos que complicar lo que es tan sencillo.





