En mi último artículo para Libertad Digital hablo del capitalismo y el arte, en particular de su financiación. Discrepo de la opinión convencional que asigna al Estado el rol de proteger la cultura, como si fuera a desaparecer en su ausencia. Ignasi Guardans, director del ICCA, da coba a este infundado temor en una entrevista para El País: sin la financiación pública no habría ni música clásica ni ópera en España. En el artículo aludo al ejemplo de Estados Unidos, cuyo auge cultural no depende esencialmente de la intervención del Estado como ocurre en la Europa continental.
Según el informe How the United States Funds the Arts de la NEA, en Norteamérica el sector privado es el principal abastecedor de las instituciones artísticas, por medio de donaciones de particulares y empresas, patrocinios y suscripciones, y pago de entradas. La financiación pública representa solamente un 13% de los presupuestos de las instituciones y organizaciones artísticas sin ánimo de lucro. Un 44% proviene de la venta de entradas, de las suscripciones a miembros y otros ingresos comerciales, y un 43% corresponde a donaciones (31% individuos, 3% corporaciones y 9% fundaciones). La financiación pública directa en el caso de las orquestas sinfónicas, por ejemplo, representa un 4% del presupuesto. Un teatro o una orquesta en Alemania recibe como mínimo un 80% de sus recursos por esa vía. El museo medio francés está casi totalmente subsidiado.
¿Son los europeos más avariciosos que los americanos, o es que nuestra estructura de incentivos es distinta?
También destaco las contribuciones que el capitalismo hace al desarrollo cultural y que a menudo son pasadas por alto.
El capitalismo favorece la cultura de muchas maneras, directa e indirectamente. Expande y descentraliza las fuentes de financiación, promoviendo la independencia económica de los artistas; abarata los costes de producción, poniendo los medios al alcance de todos; aporta innovaciones tecnológicas en la difusión y la preservación del arte, aumentando la oferta cultural contemporánea y del pasado; instituye incentivos lucrativos para satisfacer la demanda de cultura y cubrir nichos de mercado; y genera la suficiente riqueza como para que dispongamos de tiempo libre y podamos cultivar nuestras inquietudes ascéticas.










