Antoni Puigverd disputa en La Vanguardia que en Cataluña haya "pensamiento único" y no se tolere la pluralidad de opinión, acusación hecha por numerosos medios y comentaristas tras la publicación del editorial conjunto. Unos pocos ejemplos no bastan para contradecir la realidad de una narrativa nacionalista dominante y a veces excluyente, pero el de Puigverd es un contrapunto necesario a determinadas caricaturas que en nada contribuyen a hacerse entender en Cataluña.
¿El catalanismo es pensamiento único? ¿Acaso es más unánime consensuar un texto en un momento de extrema gravedad que competir diariamente para expresar sin matices el rechazo a los disidentes de la más tópica visión de España? ¿En qué periódico de Madrid ha observado Francesc de Carreras más aprecio por la libertad que en 'La Vanguardia '(¡si el mismo día en que se publicaba el editorial, también se publicaba un artículo suyo demoledor contra el Estatut!)? ¿En qué periódico de Madrid aceptarían que, días después, el mismo autor redoblara sus críticas condenando la decisión del periódico que le acoge? Lo que en otros medios es impensable, en 'La Vanguardia' es tradición y tiene nombre: liberalismo. ¿En qué radio pública española se habría organizado, en un día de hervor patriótico, un debate como el que organizó Manel Fuentes en Catalunya Ràdio?: ¡Álex Salmon (director catalán de El Mundo) contó por expresa decisión del moderador con más tiempo que sus oponentes, Rafael Nadal y F. Marc Álvaro! Algo parecido sucedió en el programa de Josep Cuní. No fue necesario prepararlo: las tertulias catalanas son las más plurales de España, gracias a la debilidad del poder y a la fragmentación del mapa político. (...)
No veo yo a los que hablan sin cesar del pensamiento único catalán muy dispuestos a cuestionar las unanimidades del resto de España. Juanjo López Burniol o Enric Juliana, ahora en el centro del debate, criticaron duramente la puja nacionalista de la fase catalana del Estatut. Otros muchos lo hicimos. Da igual: la realidad de los hechos no puede estropear el prejuicio de los que, años ha, decidieron que el catalanismo es una enfermedad.
En Madrid han articulado una caricatura catalana en la que sólo caben dos tipos: los extremadamente críticos con el sistema catalán de referencias o los más radicales independentistas. Los moderados no existimos, a pesar de ser mayoría. A pesar de buscar una y mil veces todo tipo de encajes y equilibrios. Ni un solo aliado hemos encontrado en Madrid estos últimos años. Algunos hay, pero siempre callan. Callan mientras nosotros nos enfrentamos a los radicales catalanes. Callan cuando la legión de radicales de allí insulta y desprecia todo lo que suene a catalán. Callan y observan con lupa de madrastra cualquier mínima manifestación de la impureza democrática de los catalanes. ¿De dónde sacan la pretendida superioridad moral de su práctica democrática?





