A propósito del veinte aniversario de la caída del muro de Berlín escribo en Libertad Digital sobre el impulso estatista de negar la salida a los que no queremos formar parte de su sistema.
Propongo una cláusula "opt out" para la secesión interna de individuos: aquellos que la firmemos recibimos un recorte drástico de impuestos y, al mismo tiempo, tenemos la entrada vedada a los hospitales públicos, a la escuela pública etc. En los ámbitos en los que el Estado permita la iniciativa privada y la libre entrada al mercado, los firmanes no podemos acudir al sector público. ¿Lo tolerarían los intervencionistas? Uno de ellos me replicó: "¿No es más lógico que impere el sistema político que la mayoría quiere y no el de la minoría?". Pero yo no estoy pidiendo que imperen mis normas, sino que me permitan separarme de las suyas. ¿Acaso aceptaría el socialista que una mayoría católica practicante le impusiera ir a misa siendo él ateo? ¿Aceptaría que los carnívoros impusieran su dieta a los vegetarianos? ¿No es mejor dejar que cada uno haga lo que quiera mientras no agreda al otro?
Esta es la diferencia entre el liberalismo y el estatismo: el liberalismo permite la libertad de salida, la competencia, los nichos de mercado. El Estado intervencionista no. Como decía Robert Nozick, el liberalismo es un marco para las utopías (en plural). El socialismo es una utopía concreta, y sus seguidores suelen querer imponerla a todos (hay excepciones). En una sociedad libre pueden convivir, prosigue Nozick, maníacos y santos, monjes y libertinos, socialistas voluntarios y capitalistas, comunidades tipo Fourier, Flora Tristan, Owen, Proudhon o Josiah Warren, kibbutz, Bruderhof.... Nadie sería obligado a formar parte de un club. El derecho de salida y la competencia harían que unos experimentos fracasaran y otros florecieran. Pero hoy existe un muro a esta competencia institucional. En el marco del Estado del Bienestar actual, los liberales no podemos tener nuestra Quebrada de Galt.





