Estuve una semana en Marruecos con mi pareja (Marina) a principios de Octubre y me gustaría exponer mis impresiones, siempre personales y anecdóticas, sobre el lugar (ya lo hice al volver de Suiza y Brasil). Pasamos tres noches en Marrakech y dos en Fez. Nos alojamos en Riads dentro (Marrakech) y cerca de la medina (Fez), luego escribiré otra entrada con recomendaciones más de tipo turístico.
También incluyo fotos, pero esta vez son de Marina, que sabe hacerlas mucho mejor que yo (click para agrandar).
1. Visitar la medina (la ciudad vieja encajada dentro de las murallas) de Marrakech y Fez es como viajar en el tiempo. Ni siquiera está en el siglo pasado, la medina más bien parece que no haya cambiado en siglos. El zoco es un conglomerado de casas y tienduchas de baja altura y color terroso salpicadas por un laberinto de callejuelas serpenteantes. Perdiéndose en este laberinto uno se topa con paradas de gallinas, carros tirados por burros y cargados con comida o pieles de oveja, frutas y verduras amontonadas en el suelo, gente vestida con túnicas y sandalias, peleteros curtiendo pieles y herreros martillando recipientes.
No hay papeleras, ni semáforos, ni aceras, ni calles por las que pase un coche. A veces no hay ni asfalto y escasean las luces por la noche. Las mezquitas, madrasas y otros monumentos se esconden en recovecos. No hay signos de ostentación o diferenciación en ninguna fachada (dentro, la cosa cambia), es casi imposible distinguir entre calles y no hay ningún letrero, lo que hace que sea inevitable perderse. La tecnología se filtra poco a poco. Hay locales de cabinas telefónicas, los tejados están llenos de antenas parabólicas, en las paraditas venden comestibles, cosméticos y productos de higiene que puedes encontrar en supermercados convencionales, y proliferan las bicicletas y las motocicletas. Fuera del zoco se ven más signos de modernidad: restaurantes, cafés, pastelerías, tiendas de electrodomésticos y de televisores, parques... y la liga española de fútbol retransmitida en los bares ante una audiencia masculina.
La medina de Marrakech es más caótica que la de Fez. Constantemente hay que esquivar las motos, que circulan a sus anchas por las callejuelas (más bien las motos esquivan a la gente, con una habilidad pasmosa), y resulta agobiante la cantidad de niños, jóvenes y también adultos que se te acercan para "darte consejo" y pedirte "un regalo" o directamente cobrarte por su ayuda. Nada es gratis en Marrakech, especialmente preguntar por direcciones. Si no quieres estar desembolsando dirhams cada diez minutos hay que estar todo el rato pendiente de que no se te pegue nadie al lado, aunque parezca que su ayuda es desinteresada. Muchos te enredan diciendo: "no guía", "gratis, yo también voy en esa dirección". Pero luego te llevan a la tienda de un pariente o de alguien que conocen. Si necesitas preguntar una dirección u orientarte (algo habitual en la medina), es mejor dirigirse a un tendero que no puede dejar su puesto. Hay que comprender las circunstancias de esta gente: su vida es precaria y cualquier cosa que pueden sacar del turista la hace menos precaria. Pero es inevitable que el turista que no le gusta sentirse estafado se sienta avasallado. A veces no aceptan un "no" por respuesta hasta que pierdes las formas. Con todo, en Marrakech unos pocos sí nos ofrecieron ayuda desinteresada. Nos sorprendió que en Fez la experiencia fuera distinta: poca gente te asaltaba para guiarte, y recibimos mucha ayuda desinteresada (también dátiles y tarta en dos paradas del zoco menos turístico, que no quisieron cobrarnos). Quizás en Fez había más consciencia de cómo tratar al turista (es sintomático que un tendero ahuyentara a gritos a un mendigo que nos pedía dinero), o quizás es que en Marrakech hay más masificación de turistas y los nativos van en busca de su dinero de forma más agresiva.
El regateo forma parte del negocio en la medina, especialmente en el zoco. No hay listas de precios más que en un puñado de tiendas serias. En el Riad nos aconsejaron dividir entre dos, pero no es una estrategia segura porque los tenderos, sabiendo que la gente divide entre dos, pueden multiplicar por cuatro. Hay una clara asimetría de información y ellos tienen las de ganar. Por eso yo creo que lo mejor, si el precio no te convence, es hacer ademán de marcharse, y entonces (cuando sales de la parada) es cuando proponen su última oferta, y el tono indica que más no van a bajar. Hay vendedores que son tan pesados como los que intentan hacer de guía ("solo mirar, solo mirar"), pero otros saben embaucarte con estilo y te dan ganas de comprarles algo. Hay que estar seguro de lo que quieres antes de regatear, porque si al final de la negociación te echas atrás no se lo toman muy bien.
2. El Islam es un pilar central de la sociedad marroquí. Las mezquitas abundan y se ve a mucha gente asistiendo (niños y adultos), la mayoría de mujeres lleva algún tipo de velo, no sirven alcohol en numerosos restaurantes, y cuando se oye el llamamiento para la pregaria por los altavoces los bares de la medina paran la música un minuto. En cualquier caso la sociedad marroquí se enfreta de una forma diversa al hecho religioso, y existe amplia tolerancia legal hacia prácticas que no comulgan con una lectura estricta del Corán. Hay muchas chicas que no llevan ningún tipo de velo (empezando por la princesa Lalla Salma) y visten completamente a la occidental. Hay bares de copas y restaurantes en los que sirven alcohol (hay, de hecho, varias marcas de vino marroquí), y no se ubican solo en hoteles para occidentales, los hay en la medina y en los barrios del exterior de clase media. Pueden encontrarse hamam (baños turcos) mixtos, en los que es posible hacer una sesión en pareja (normalmente están segregados).
En los barrios de fuera de la medina, el influjo occidental y secular es más evidente. En Guéliz, la "nueva ciudad" construida durante el protectorado francés, es raro encontrar a mujeres con la cara cubierta, y hay más chicas sin velo que con él. En un bar de copas chic en Hivernage solo servían cocktails de fruta sin alcohol (no saben lo que se pierden), pero las chicas marroquíes vestían como las españolas. No obstante, es ilustrativo de la desigualdad entre el hombre y la mujer en Marruecos que en los bares y cafés de la medina solo hubiera hombres, y que apenas se vean mujeres conduciendo. Nadie viste burkas, pero algunas mujeres sí llevan toda la cara cubierta excepto por una ranura para los ojos, que viene a ser casi lo mismo. En general se cumplía esta tendencia: las mujeres de más edad o en barrios más humildes llevaban la cara más cubierta que la generación más joven o en barrios fuera de la medina. La religiosidad parecía más intensa cuanto más pobreza, lo que sugiere que en ciudades como Rabat y Casablanca (más prósperas y desarrolladas) el estilo de vida occidental aún será más prevalente.
3. La gente, cuando no te agobia para que "te dejes guiar" o compres en su tienda, es amable y simpática. Llegamos a hablar con bastantes marroquíes: taxistas, tenderos, niños-guía (recuerdo especial para Asís y Mohamed, 12 y 15, que nos llevaron a la mejor terraza para observar el patio de la mezquita de Karaouiyine), camareros... y en el tren que nos llevó de Marrakech a Fez, con un joven militar y un funcionario del Ministerio de Turismo.
Un recuerdo especial también para el joven y emprendedor Asís (otro Asís), con el que estuvimos conversando un buen rato junto a las tenerías sobre la realidad marroquí y su sueño de emigrar a España (espero dedicarle una entrada). Muchos marroquíes hablan perfecto francés, que se enseña en la escuela desde pequeño y es el idioma que más se emplea en el ámbito empresarial. El español y el inglés también están más o menos extendidos. Lo que más sorprende es que muchos de quienes hablaban varias lenguas (incluidos un español y un inglés decente para mantener una conversación) eran jóvenes de origen humilde. Me dio la sensación de que en idiomas la sociedad marroquí estaba bastante más preparada que la española.
Recibimos ayuda de numerosos nativos, y sonrisas y gestos de muchos más. En Fez la gente nos trató especialmente bien. Como occidentales éramos objeto constante de miradas. Muchas simplemente curiosas, pero otras diría que dejaban entrever un punto de admiración o atracción. También hubo momentos graciosos, como cuando nos metimos en las tenerías de Fez con un calzado poco adecuado para pisar caca de paloma (que es lo que utilizan para estirar las pieles): yo con mis chanclas brasileñas y Marina con una lindas sandalias de piel. La visita fue impresionante (el chaval que nos guiaba nos hizo un recorrido completo, enseñándonos todo el proceso de curtido) pero fue como caminar por un estercolero. Luego Marina hizo sesión de fotos con el grupo de jóvenes curtidores, todos muy divertidos de tener a dos urbanitas occidentales con los pies llenos de mierda.
4. En todo momento nos sentimos muy seguros, incluso cuando nos alejamos de las áreas turísticas y nos adentramos en barrios más limítrofes de la medina. Dicen que la policía va encubierta y el sistema reprime duramente el delito, pues el país depende del turismo. Que no se andan con chiquitas lo comprobamos en el tren, cuando un individuo que se había colado empieza a fumar en el vagón, a mendigar dinero y a molestar a los pasajeros soltando improperios. De súbito aparece un revisor y lo empuja hacia la puerta zurrándole a patadas y manotazos, literalmente. Supongo que debieron echarle a la siguiente estación. Pero intuyo que la religiosidad de la sociedad también actúa como restricción a la comisión de delitos. Robar es pecado y allí se toman lo de los pecados un poco más en serio que en otros países superficialmente creyentes. Por supuesto la religiosidad (islámica sobre todo) tiene su lado negativo, pero con respecto a la seguridad creo que su contribución es positiva.
5. Durante el día se ven a muchos niños con mochila rumbo a la escuela o volviendo de ella (se veían continuamente así que nunca me quedó claro qué horario tenían). Por la tarde salían a jugar a la calle con el balón o a corretear. La plaza de Djemaa El Fna, una de las más bulliciosas del mundo, también era punto de reunión de los jóvenes marroquíes. Había debates, juegos, baile y paradas de comida abiertas hasta media noche. Los grupos de amigos de la medina no se congregan en un bar o en un restaurante para charlar, o van al cine o a la discoteca. Se juntan en un portal para hablar y reirse, jugar a la cartas o al parchís. La calle no es solo para transeúntes y motocicletas, es zona de recreo y tiene una vitalidad excepcional.
Siguiendo este enlace podéis ver mi colección de fotos de Marrakech y Fez (y navegando un poco, fotos de viajes anteriores)
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