A propósito de la comparación de los indicadores socioeconómicos de la Cuba comunista y la Cuba pre-revolucionaria, me remiten al Manual del perfecto idiota latinoamericano, de Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa. El libro dedica un capítulo a deshacer la mitología en torno al régimen comunista contrastando la situación actual del país con la de hace medio siglo.
En este contexto me viene a la cabeza una entrada de Ricardo Royo-Villanova en A Sueldo de Moscú: Algunas declaraciones sobre la dictadura en Cuba. Royo-Villanova es comunista pero tiene el buen juicio de denunciar la posición oficial de Izquierda Unida con respecto a la dictadura cubana. No obstante, el régimen castrista le parece criticable únicamente por su represión política y su recurso a la pena de muerte. Que los cubanos vivan en la miseria después de 50 años de revolución no parece ser motivo de condena. Que sus libertades individuales, en lo económico y en lo personal, estén severamente restringidas tampoco parece reprochable. Tenemos que pensar que si la misma represión contra las libertades más elementales se practicara en un entorno democrático, donde pudiera elegirse en las urnas una alternativa política, el castrismo no merecería ninguna crítica.
Royo-Villanova no se da cuenta de que, en realidad, sus colegas de Izquierda Unida que apoyan la dictadura castrista están siendo más coherentes que él. Su defensa del pluralismo político no tiene encaje en la tradición marxista, que considera la democracia un subterfugio burgués al servicio del capital. Varios lectores se lo recuerda en los comentarios. La planificación central socialista es un ejercicio de represión sistemática contra la coordinación descentralizada de la gente en base a sus preferencias y planes individuales o, lo que es lo mismo, la negación del derecho a decidir con respecto a tu persona y tu propiedad, fruto de tu trabajo y creatividad empresarial. Esta represión a gran escala es difícil de practicar en un contexto en el que las víctimas pueden protestar ante los atropellos, los medios de comunicación pueden denunciar las injusticias, la sociedad civil puede organizarse para proponer reformar y alternativas, y los electores pueden votar a otro partido. Por eso el comunismo, para llevar a cabo su programa económico, necesita meter en la cárcel a los disidentes, censurar los medios, prohibir las organizaciones y los partidos. La abolición de la propiedad privada, además, silencia de facto a la disidencia, pues la deja sin medios propios e independencia financiera. Los valedores de la "dictadura del proletariado" entendían esta necesidad, a diferencia de Royo-Villanova, que cree que el totalitarismo comunista puede imponerse "por las buenas" y los electores lo irán revalidando cada cuatro años.
Volviendo al Manual del perfecto idiota latinoamericano, extracto varios fragmentos que complementan mi anterior entrada: Cuba pre-revolucionaria vs. Cuba comunista.
Revolución política e involución económica:
No hay duda de que en el orden político, los cubanos padecían una dictadura corrupta repudiada por la mayor parte de la población. Tras casi 12 años de gobiernos democráticos basados en la Constitución de 1940, el 10 de marzo de 1952 el general Fulgencio Batista dio un golpe militar y derrocó al presidente legítimo, Carlos Prío Socarras, limpiamente electo en las urnas.
El gobierno surgido de ese acto criminal, abrumadoramente rechazado por los cubanos, duró, como se sabe, siete años, hasta la madrugada del 1 de enero de 1959. Sin embargo, la revolución que lo derrocó no se hizo para implantar un régimen comunista, sino para devolverle al país las libertades conculcadas siete años antes por Batista. Eso está en todos los papeles y manifiestos de las organizaciones —incluida la de Castro— que contribuyeron al fin de la dictadura.
Salvo el casi insignificante Partido Comunista —llamado en Cuba Partido Socialista Popular—, ningún grupo político proponía nada que no fuera la restauración de la democracia en los términos convencionales de Occidente.
Lo cierto es que en la década de los cincuenta en el orden económico la situación de Cuba era mucho más halagüeña que la de la mayor parte de los países de América Latina. Entre 1902 y 1928, y luego entre 1940 y 1958, el país había vivido largos períodos de expansión económica y se situaba junto a Argentina, Chile, Uruguay y Puerto Rico entre los más desarrollados de América Latina. El Atlas de Economía Mundial de Ginsburg, publicado a fines de la década de los cincuenta, colocaba a Cuba en el lugar 22 entre las 122 naciones
escrutadas. Y según el economista, H. T. Oshima, de la Universidad de Stanford, en 1953 el per cápita de los cubanos era semejante al de Italia, aunque las oportunidades personales parecían ser más generosas en la isla del Caribe que en la península europea. ¿Cómo demostrarlo? Prueba al canto: en 1959, cuando despunta la revolución, en la embajada cubana en Roma había doce mil solicitudes de otros tantos italianos deseosos de instalarse en Cuba. No se sabe, sin embargo, de cubanos que quisieran hacer el viaje en sentido inverso.Y este dato es muy de tomar en cuenta, pues no hay información que revele con mayor exactitud el índice de esperanza y de probabilidades de éxito en una sociedad que el sentido de las migraciones. Si doce mil obreros y campesinos italianos querían ir a Cuba a arraigar en la isla —como otros millares de asturianos, gallegos y canarios que deseaban hacer lo mismo— es porque en el país escogido como destino las posibilidades de desarrollo eran muy altas. Hoy, en cambio, son millones los cubanos que desearían trasladarse a Italia de forma permanente.
Por otra parte, en el orden social el cuadro tampoco era negativo. Un 80% —altísimo en la época— de la población estaba alfabetizada y los índices sanitarios eran de nación desarrollada. En 1953 —de acuerdo con el Atlas de Ginsburg— países como Holanda, Francia, Reino Unido y Finlandia contaban proporcionalmente con menos médicos y dentistas que Cuba, circunstancia que en gran medida explica la alta longevidad de los cubanos de entonces y el bajísimo promedio de niños muertos durante el parto o los primeros treinta días.
Un último y estremecedor dato, capaz de explicar por sí solo muchas cosas: a precios y valores de 1994, la capacidad de importación per cápita de los cubanos en 1958 era un 66% más elevada que la de hoy.
Eso, en un país de economía abierta que importa el 50% de los alimentos que consume, demuestra la torpeza infinita del régimen de Castro para producir bienes y servicios o —por la otra punta— el gran dinamismo de la sociedad cubana precastrista.
Prostitución de ayer y de hoy:
La prostitución era otro mito. El país tenía un bajísimo índice de enfermedades venéreas, estadística que demuestra que no era un lupanar de nadie. Sin embargo, La Habana, como gran capital, y como viejo y activo puerto de mar, tenía una zona de tolerancia parecida a la que puede verse en Barcelona o en Napóles.
El turismo americano, además, solía ser familiar, mientras la prostitución, en cambio, se ejercía esencialmente, por y para los cubanos, algo no muy diferente de lo que sucede en cualquier ciudad iberoamericana de mediano o gran tamaño.
Curiosamente, como reiteran corresponsales y viajeros, es hoy cuando Cuba se ha convertido en un gran prostíbulo para extranjeros que participan —-como ocurre en Tailandia— del turismo sexual, aprovechándose de las infinitas penurias económicas del país. Y es fácil de enmendar: antes de la revolución el peso y el dólar tenían un valor equivalente, y eran libremente intercambiables, lo que permitía que las prostitutas no tuvieran que preferir al cliente extranjero, extremo que debe tranquilizar a todo aquel que manifieste alguna expresión de nacionalismo genital. Si alguna vez en su trágica historia Cuba ha sido un burdel para los extranjeros, esa fatídica circunstancia hay que apuntársela al castrismo. Antes, sencillamente, no era ése el panorama.
Cuba está mejor que Haití... pero antes estaba al nivel de España o Puerto Rico:
Por supuesto que Cuba «está mejor que Haití» o que Bangladesh, pero a Cuba hay que compararla con los países con los que tenía el mismo nivel de desarrollo y progreso en la década de los cincuenta; por ejemplo, Argentina, Uruguay, Chile, Puerto Rico, Costa Rica o España. Treinta y siete años después de iniciada la revolución, Cuba está infinitamente peor que cualquier de esos países, y lo razonable es juzgar a la Isla por el pelotón en el que se desplazaba antes de comenzar la revolución, y no por el país más atrasado del continente.
Los hospitales cubanos son cáscaras vacías:
No hay que negar que el gobierno cubano ha hecho un esfuerzo serio por expandir la educación, la sanidad y los deportes. Es decir, por brindarle a la sociedad tres servicios, de los cuales, por lo menos dos —educación y salud—, son importantes. Sólo que cualquier persona instruida sabe que los servicios hay que pagarlos con producción propia o ajena. Y como Cuba producía muy poco, los pagaba con la producción ajena que llegaba a la Isla en forma de subsidios. Claro, una vez que terminó el descomunal aporte del exterior, tanto las escuelas como los hospitales se hicieron absolutamente in-costeables para la empobrecida sociedad cubana.
De los hospitales puede decirse otro tanto: cascarones vacíos en los que no hay anestesia, ni hilo de sutura, a veces ni siquiera aspirinas, y a los que los enfermos tienen que llevar sus propias sábanas porque, o no las tiene la institución, o carece de detergente para lavar las que posee. Es importante que el idiota latinoamericano, ese ser cabeciduro al que con cierta ternura va dirigido este libro, se dé cuenta de que lo que a él le parece una proeza de la revolución no es más que una disparatada y arbitraria asignación de recursos. Cuba, por ejemplo, tiene un médico por cada 220 personas. Dinamarca tiene un médico por cada 450. ¿Quiere esto decir que los daneses deben hacer una revolución para duplicar su número de médicos, o será que Cuba, irresponsablemente, ha gastado cientos de millones de dólares en educar médicos perfectamente prescindibles si se contara con una forma racional de organizar los servicios hospitalarios? Cualquier gobierno que emplee alocadamente los recursos de la sociedad en una sola dirección puede lograr una aparente y limitadísima hazaña, pero esto siempre lo hará en detrimento de los otros sectores que necesariamente deja al margen de los esfuerzos desarrollistas.





