Irving Kristol, padre del movimiento neoconservador americano, falleció el viernes pasado. Lew Rockwell le dedica duras palabras. Jeff Tucker, igual de crítico con su visión imperialista en política exterior, sabe encontrarle más virtudes. En The Corner de National Review todo son alabanzas.
Pero, ¿qué es el neoconservadurismo? Se emplea mucho este término pero casi nadie sabe definirlo con exactitud. A menudo se equipara erróneamente al liberalismo, cuando su conexión es tangencial y, en varios aspectos, nula o antitética. Nadie mejor que Kristol para responder a la pregunta, así que recupero uno de sus artículos clásicos: The Neoconservative Persuasion. Extracto dos párrafos que resumen bien el pensamiento neocón en materia de política doméstica y política exterior:
Neocons do not like the concentration of services in the welfare state and are happy to study alternative ways of delivering these services. But they are impatient with the Hayekian notion that we are on "the road to serfdom." Neocons do not feel that kind of alarm or anxiety about the growth of the state in the past century, seeing it as natural, indeed inevitable. Because they tend to be more interested in history than economics or sociology, they know that the 19th-century idea, so neatly propounded by Herbert Spencer in his "The Man Versus the State," was a historical eccentricity. People have always preferred strong government to weak government, although they certainly have no liking for anything that smacks of overly intrusive government. Neocons feel at home in today's America to a degree that more traditional conservatives do not. Though they find much to be critical about, they tend to seek intellectual guidance in the democratic wisdom of Tocqueville, rather than in the Tory nostalgia of, say, Russell Kirk.
AND THEN, of course, there is foreign policy, the area of American politics where neoconservatism has recently been the focus of media attention. This is surprising since there is no set of neoconservative beliefs concerning foreign policy, only a set of attitudes derived from historical experience. (The favorite neoconservative text on foreign affairs, thanks to professors Leo Strauss of Chicago and Donald Kagan of Yale, is Thucydides on the Peloponnesian War.) These attitudes can be summarized in the following "theses" (as a Marxist would say): First, patriotism is a natural and healthy sentiment and should be encouraged by both private and public institutions. Precisely because we are a nation of immigrants, this is a powerful American sentiment. Second, world government is a terrible idea since it can lead to world tyranny. International institutions that point to an ultimate world government should be regarded with the deepest suspicion. Third, statesmen should, above all, have the ability to distinguish friends from enemies. This is not as easy as it sounds, as the history of the Cold War revealed. The number of intelligent men who could not count the Soviet Union as an enemy, even though this was its own self-definition, was absolutely astonishing.
En mi artículo De neocones y liberales también intenté definir el neoconservadurismo:
El neoconservadurismo nace de la mano de progresistas desencantados con la candidez del Partido Demócrata durante la Guerra Fría, y junto a su anticomunismo militante (que se traduce en la exigencia de un mayor gasto en defensa y una política exterior más agresiva) encontramos una notable complacencia con el Estado del Bienestar. Puestos en relación con los conservadores tradicionales, los neocones se caracterizan por defender una política exterior más ambiciosa e idealista (ataques preventivos, exportación de democracia a golpe de bayoneta y nation-building), unas políticas sociales menos tradicionalistas (aunque eso no les impide coaligarse con la derecha religiosa) y un Estado del Bienestar a lo sumo más eficiente, pero sin excesivos cambios. El propio Irving Kristol, uno de los padres del movimiento, señalaba en su libro Reflections of a Neoconservative que "un Estado del Bienestar, adecuadamente concebido, puede ser una parte integral de una sociedad conservadora". A los neoconservadores, dice Kristol, el crecimiento del Estado en el pasado siglo no les produce alarma ni ansiedad, es visto como algo natural e inevitable. "Los ideales decimonónicos tan nítidamente expresados por Herbert Spencer en su The Man Versus the State son una excentricidad histórica".
El "neo" aplicado a "conservador" da a entender que se trata de nuevos conservadores, pero con una facilidad similar podríamos añadir el "neo" a "progresista" para definirlos. Al fin y al cabo la política exterior idealista neocón tiene sus raíces en el progresismo de la era Wilson, cuando, en palabras del historiador William Leuchtenburg, "pocas personas veían un conflicto entre las reformas sociales y democráticas en casa y la nueva misión imperialista. (...) Los progresistas creían (...) en un gobierno nacional que dirigiera los destinos de la nación en casa y en el exterior." En cuanto a su conformismo con el Estado del Bienestar, es sintomático de sus orígenes.





