En la Libertad y la Ley responden a mi entrada sobre la integración de los inmigrantes, extranjeros y nacionales, en Cataluña. Como decía en mi anterior anotación, la crítica al punto 4 (los inmigrantes en Cataluña deberían aprender el catalán y el castellano) solo puede hacerse de forma coherente si uno sostiene el punto 5 (el Estado no debe imponer ni fomentar ninguna lengua) y al mismo tiempo se rechaza el punto 1 (los inmigrantes no tienen por qué adaptarse a la cultura de la comunidad local). La respuesta de yosoyhayek es de este tipo, y no abundan. Leedla entera.
Su postura de indiferencia absoluta hacia el destino de las lenguas y culturas me resulta tentadora, y admito cierta tensión entre mi actitud promotora (¿protectora?) respecto al catalán y mi apego por la diversidad, la competencia y el cambio. Pero yosoyhayek parece no reparar en nuestra divergencia de base:
- Mi cultura y mi lengua tienen valor para mí. No soy indiferente a su extinción.
- Considero irrespetuoso que un inmigrante no haga cierto esfuerzo en adaptarse a los demás y, por el contrario, espere que sean los demás los que hagan el esfuerzo de adaptarse a él. Denota, al mismo tiempo, nulo interés en interactuar con la comunidad, lo que a menudo puede interpretarse como despreciativo hacia ésta.
Dejando de lado el punto 2, que tiene varios matices, el primer punto creo que es lo que más nos separa. Pero no estoy seguro de que pueda o quiera dejar de valorar mi lengua y mi cultura, y desde luego esto no tiene nada de particular. En general las personas valoran subjetivamente su lengua y su cultura. Dudo que muchos españoles fueran indiferentes a la extinción del castellano o no les importara que en su ciudad o su región fuera desplazado por otro idioma. Incluso me cuesta creer que yosoyhayek sienta indiferencia absoluta hacia el destino de su lengua y cultura, pero para valores subjetivos, colores.
Comento dos párrafos de su anotación:
El “deber ser” como arma de moderación esconde el arrebato estatista que a todos nos tuerce el buen juicio. No debe ser nada, simplemente debe fluir y buscar su mejor opción. Si no da con ella, problema suyo, porque de forma espontánea el resto de individuos, nativos o no, actuarán en consecuencia, unos en un sentido, otros en uno diferente. La integración es algo espontáneo que no cabe siquiera plantear como estrategia voluntarista, como mejor opción objetiva, como recomendación sincera.
Nótese la contradicción: "No debe ser nada" seguido de "debe fluir". No hay nada malo en tener una opinión de cómo deben ser las cosas o cuál debería ser la conducta de alguien (mi punto 2 arriba). Juicios de valor los hacemos todos sobre multitud de situaciones y comportamientos, lo que no quiere decir que nuestra opinión tenga un peso especial o deba imponerse.
¿Por qué debo "dejar fluir" a la cultura sin una participación activa por mi parte? De hecho al decir que los nativos actuarán en consecuencia ya está contestando a la pregunta: muchos nativos no dejarán "fluir" a la cultura, pues quieren que el inmigrante (por 1 y por 2) se adapte mínimamente. Que el término "espontaneidad" no nos engañe: son los individuos los que conforman ese "desarrollo espontáneo", los que dirigen su rumbo y lo alteran con sus acciones. "Espontáneo" significa, siguiendo a Hayek, descentralizado, un proceso de "mano invisible" sin un arquitecto central, no "indiferencia hacia el cambio", que es a lo que yosoyhayek parece equiparar el término.
Esforzarse por extender o conservar una lengua es legítimo, pero también demuestra cierto complejo, un espíritu victimista incapaz de afrontar la vida con la despreocupación que merece. Si quiero hablar catalán, lo hablo; si puedo hablarlo con mis vecinos, genial. Si ciertas empresas rotulan en él, perfecto. Pero, por qué temer que esto deje de suceder? Miedo al cambio, tal vez?¿De dónde se sigue que la vida "merce ser afrontada con despreocupación"? Lo que demuestra mi actitud no es victimismo sino que valoro esa lengua y el hecho de que perdure. Soy muy tolerante al cambio. Pero naturalmente hay cosas que no quiero que cambien (o que no lo hagan en exceso) porque las valoro tal y como están, o porque valoro el hecho de que no desaparezcan. La lengua es una de ellas. Si llegara a desaparecer (o tuviera la certeza de que se extinguirá en dos o tres generacioens) no creo que me afectara demasiado, quizás poco o nada, pero aún así no estoy tan emancipado de mi lengua (o lenguas) como para mostrarme totalmente indiferente a su suerte.





