La primera parte puede leerse aquí.
Crítica al estudio empírico de Card y Krueger
Citoyen cita como demostración empírica de su tesis sobre el monopsonio un estudio de Card y Krueger (Minimum Wages and Employment: A Case Study of the Fast-Food Industry in New Jersey and Pennsylvania), como si fuera el más importante de cuantos se han realizado o el único reciente. Por el contrario, hay decenas de estudios sobre los efectos del salario mínimo en publicaciones académicas y el de Card y Krueger es uno de los pocos que muestra una correlación positiva entre la subida del salario mínimo y el empleo. Esa es la razón por la que se ha vuelto tan popular. Pero no es solo que Citoyen haya sido selectivo en su revisión de la literatura empírica sobre el salario mínimo, tampoco parece saber que el ensayo ha sido ampliamente refutado, como han admitido los propios autores en un estudio posterior. Irónicamente Citoyen enlaza en su entrada la réplica de Card y Krueger de 2000 creyendo que es el documento original, y en esta misma réplica es donde Card y Krueger concluyen que la correlación positiva detectada en su estudio anterior no se sostiene.
A continuación enumeraré las distintas críticas al estudio de Card y Krueger, pero antes quiero destacar varios “costes ocultos” del salario mínimo y que estudios como el susodicho ignoran.
- Con independencia de si existe una correlación positiva o nula entre subida del salario mínimo y el crecimiento del empleo, el salario mínimo veda la contratación del grueso de quienes ya están desempleados. Da igual cómo se vistan retóricamente los datos de Card y Krueger, el salario mínimo causa desempleo.
- Algunos trabajadores muy poco cualificados, además, compiten en el mercado laboral con salarios más bajos. Solo así pueden ser contratados frente a un trabajador mejor cualificado. Pero el salario mínimo, al limitar su margen de negociación reduce las oportunidades laborales de los menos cualificados y condena al paro a muchos de ellos.
- El salario mínimo reduce las posibilidades de adquirir experiencia laboral y desarrollar las habilidades, lo que supone una carga para los trabajadores menos productivos que no pueden incorporarse antes al mercado laboral por un salario inferior al salario mínimo para pasar luego, tras el aprendizaje, a puestos mejor remunerados. De nuevo el salario mínimo castiga a los trabajadores menos cualificados y con menor renta.
- Los programas estatales de entrenamiento laboral no son un sustitutivo adecuado al trabajo en el mercado, o como mínimo son un mecanismo menos eficiente para conseguir lo mismo. El mercado casa mejor las habilidades de los trabajadores con trabajos específicos y es más adaptativo.
- Una fracción del capital que antes se dirigía a pagar los salarios de trabajadores más cualificados tiene que dedicarse ahora a sufragar el aumento del salario mínimo de los trabajadores poco cualificados en las empresas donde no se puede prescindir de ellos. Los trabajadores más cualificados que han perdido el empleo buscan trabajo en niveles inferiores por salarios más bajos (que requieren menos habilidad o menos experiencia), produciéndose un proceso escalonado de aumento de trabajadores en cada nivel buscando los trabajadores sobrantes reempleo en el nivel inferior hasta llegar a la base. En ausencia de una caída de los salarios en la base, que el salario mínimo impide, los que vuelven a salir perdiendo al final del proceso son los trabajadores comparativamente menos cualificados.
- El salario mínimo, al causar desempleo, reduce el output total de la economía. Los precios de los productos y servicios son relativamente más altos o la calidad/novedad de estos es relativamente inferior, lo que perjudica a los consumidores, también a los consumidores con rentas más bajas.
Pasemos ahora a las críticas concretas al estudio de Card y Krueger, que examinaba los efectos sobre el empleo de la subida del salario mínimo en Nueva Jersey en abril de 1992, de 4.25$ a 5.05$ contrastando los datos con los del estado vecino de Pensilvania, que no introdujo ningún aumento y tiene una economía similar. Card y Krueger realizaron entrevistas telefónicas a unos 400 restaurantes de comida rápida en dos período distintos del año para determinar la variación en el empleo. El análisis de Card y Krueger arrojó como resultado un aumento del empleo del 11-16.8% en comparación con la misma muestra en Pensilvania.
Desde que se publicaron los resultados la metodología del artículo y sus conclusiones han sido ampliamente desacreditadas:
- Card y Krueger solo examinaron las cadenas de comida rápida dejando fuera restaurantes más marginales que pueden haberse visto desproporcionalmente afectados por la subida del salario mínimo. De hecho no es extraño que empresas de mayor tamaño reclamen subidas de salario mínimo u otras regulaciones que aumentan los costes laborales para expulsar del mercado a competidores más modestos (por ejemplo, Wal-Mart).
- Los datos recogidos a través de entrevistas telefónicas carecían de rigor y los resultados se demostraron incorrectos observando los datos de los registros de las nóminas. El Employment Policies Institute examinó los datos de los registros de las nóminas de las franquicias de Burger King en las direcciones postales estudiadas por Krueger y Card y concluyó que había importantes discrepancias. Su análisis mostraba correlaciones negativas entre la subida del salario mínimo y el empleo, no positivas.
- Estas discrepancias fueron verificadas por un estudio independiente de David Neumark y Willim Wascher (Minimum Wages and Employment: A Case Study of the Fast-Food Industry in New Jersey and Pennsylvania: Comment). Sospechando de algunas variaciones anómalas, aplicaron los datos de las nóminas de los resturantes estudiados al mismo modelo econométrico de Krueger y Card, obteniendo resultados completamente distintos. La variación en el empleo no fue positiva sino negativa: un descenso del empleo del 3.9-4% en la muestra de Nueva Jersey vis a vis la de Pensilvania. Según los autores, los datos de los registros de las nóminas contradicenlos datos de las entrevistas telefónicas. En su conclusión señalaban: They stated that they found “no evidence that the rise in New Jersey’s minimum wage reduced employment at fast-food restaurants in the state,” that “the increase in the minimum wage increased employment,” and that their findings “are difficult to explain with the standard competitive model” (p. 792). We regard the payroll data as most consistent with the three opposite conclusions.
- Neumark y Wascher concluyeron también que las preguntas que Krueger y Card realizaban en las entrevistas telefónicas eran demasiado vagas para generar información precisa. Por ejemplo, preguntaban cuántos trabajos a tiempo completo y a tiempo parcial tenía el restaurante, pero no definía los términos (40 horas a la semana, o 30) o el período de tiempo relevante (en el espacio de una semana, un mes, un año).
- En un estudio posterior, Card y Krueger examinaron los datos de los registros de nóminas de muestras distintas (Minimum Wages and Employment: A Case Study of the Fast-Food Industry in New Jersey and Pennsylvania: Reply). En lugar de las elasticidades positivas obtenidas en su primer estudio sus resultados mostraron variaciones estadísticamente insignificantes (aunque tampoco revelaron las elasticidades negativas de Neumark y Wascher). Según Neumark, la conclusión más segura es que este caso de estudio particular arroja elesticidades que van de 0 a -0.25.
Otros estudios empíricos sobre salario mínimo y desempleo
En un ensayo de 2006 (The economic effects of minimum wages) David Neumark sintetiza los resultados de los numerosos estudios que se han hecho sobre el efecto del salario mínimo sobre el empleo en Estados Unidos, concluyendo que la inmensa mayoría de ellos y, sobre todo, los más relevantes, apuntan claramente en la dirección de que un aumento del salario mínimo genera desempleo. Neumark repasa la literatura académica disponible, los conssensos y las controversias generadas. Copio sus conclusiones en relación con los distintos tipos de estudios.
Estudios de series temporales agregadas:
[A]s it stands now the time-series evidence confirms the negative effects of minimum wages on employment and suggests that the earlier range of elasticities for the effects of minimum wages on teenagers, from about −0.1 to −0.3, is still a reasonable view. Most importantly, perhaps, the recent studies pose a clear challenge to claims that the time-series evidence for the United States does not show a detectable adverse effect of minimum wages on teenage employment (e.g., Bernstein and Schmitt, 2000).
Estudios nacionales con variaciones estatales y series temporales:
In sum, the evidence from this analysis suggests that the teenage employment elasticities typically reported in the literature likely understate the size of the disemployment effects on the lowest-skilled teenagers (minorities, those who have already dropped out of high school, etc.). Thus, further consideration of how to measure and treat enrollment as well as employment reinforced the conclusion that minimum wages adversely affect employment, and if anything strengthened this conclusion by pointing out that the least skilled suffer a large employment loss that is to some extent obscured by labor-labor substitution. In addition, the evidence indicated that minimum wages may entice some teenagers (or young adults) to leave school, an issue we return to below when we move beyond the simple employment effects of minimum wages.
Si se tiene en cuenta el efecto más a largo plazo (“lagged effect”):
[T]he evidence from the national studies of state minimum wage increases, using both time-series and across-state variation in minimum wages, quite unambiguously points to disemployment effects of minimum wages on teens and young adults. Many of the estimates are in the range cited earlier, with elasticities between −0.1 and −0.3, although there are also many refinements in terms of the effects on the least-skilled that may be sharper but masked by enrollment shifts, as well as estimates of longer-term effects that are sometimes larger.
Casos de estudio específicos (como el de Card y Krueger):
The evidence appears to be most variable for the studies using this approach, and it is difficult to draw firm conclusions. For the most part, the better studies tend to show either no effects of a minimum wage, or negative effects, although there are exceptions.
Neumark pone en duda la relevancia de esta última categoría de estudios (Card y Krueger) por considerar que analizan el efecto del salario mínimo sobre una parte muy específica y estrecha del mercado, y no sobre el mercado en su conjunto. Son, por tanto, difícilmente extrapolables y los menos informativos de todos.
Neumark plantea un ejemplo hipotético que pone en tela de juicio la relevancia de estos trabajos empíricos tan específicos:
[S]uppose that fast-food restaurants compete with pizza shops, and that pizza shops are more intensive users of low-wage labor, perhaps because fast-food restaurants use a fair amount of capital to produce and prepare food. In that case, costs may be pushed up more for pizza shops than for fast-food restaurants, and demand for “low-end” food could shift towards fast-food restaurants, raising employment at those restaurants even though combined employment of the two types of restaurants falls.
Por último, enlazo con una extensa revisión de David Neumark y William L. Wascher de la literatura empírica acerca del salario mínimo y sus efectos sobre el empleo: Minimum Wages and Employment (2007).
El resumen:
We review the burgeoning literature on the employment effects of minimum wages – in the United States and in other countries – that was spurred by the new minimum wage research beginning in the early 1990s. Our review indicates that there is a wide range of existing estimates and, accordingly, a lack of consensus about the overall effects on low-wage employment of an increase in the minimum wage. However, the oft-stated assertion that recent research fails to support the conclusion that the minimum wage reduces employment of low-skilled workers is clearly incorrect. A sizable majority of the studies surveyed in this monograph give a relatively consistent (although not always statistically significant) indication of negative employment effects of minimum wages. In addition, among the papers we view as providing the most credible evidence, almost all point to negative employment effects, both for the United States as well as for many other countries. Two other important conclusions emerge from our review. First, we see very few – if any – studies that provide convincing evidence of positive employment effects of minimum wages, especially from those studies that focus on the broader groups (rather than a narrow industry) for which the competitive model generally predicts disemployment effects. Second, the studies that focus on the least-skilled groups that are likely most directly affected by minimum wage increases provide relatively overwhelming evidence of stronger disemployment effects for these groups.
Nos aseguraba Citoyen: "El experimento de Krueger y Card pone en evidencia que la estructura de los mercados laborales es, al menos para la mano de obra poco cualificada- la afectada por el salario mínimo- sustancialmente monopsonística."
Después de esta marabunta de datos supongo que es evidente que no hay base para afirmar algo así. No me cabe duda de que Citoyen estará de acuerdo, pues en su última entrada dice: Kantor ha cuestionado la relevancia, el método, y la significatividad de los resultados del paper de Card y Krueger. Yo soy bastante oficialista en cuanto a los resultados empíricos -me creo lo que viene en las instituciones internacionales y en los manuales de editoriales prestigiosas- porque mi formación en métodos cuantitativos es sólo un poco mejor que la que recibí en párvulos.
Le tomamos la palabra.





