Juan Carlos Girauta sale en defensa de MJ después de que varios de sus compañeros de bitácora se cebaran con él. Copio entero:
No sé qué resulta más lamentable: la repentina oleada de admiración por Michael Jackson, que incluye penosas llantinas impostadas y elegías de todo a cien, o el inverso furor con que otros rematan al muerto. En cuanto a los primeros, no hay nada como un deceso para descubrir virtudes que habían olvidado hacía muchos años, si es que alguna vez las advirtieron. Los segundos no tienen bastante con un cadáver anoréxico, archivo de cicatrices, moratones, inexplicables cortes y tóxicos varios, testimonio de dolorosos trastornos; necesitan refrescarle al propietario insepulto crímenes nefandos. ¡A estrella muerta, gran lanzada!
Sólo que tales crímenes fueron un invento. No sólo porque los jueces absolvieran a Michael Jackson, lo que debería bastar, sino porque el menor que reventó tan fulgurante carrera denunciando abusos sexuales ha reconocido (a buenas horas) haber mentido por orden de un padre que buscó y consiguió millones de dólares. Para el acusado, el precio económico del chantaje fue calderilla; en realidad ha pagado con su vida, ya nunca enderezada.
Los seres tan especiales como el autor de Billie Jean, los que logran hazañas como vender más discos que nadie, por ejemplo, son perseguidos en todo momento por un foco que no respeta los muros. Tras el infame montaje de la pederastia, ese foco resultó imposible de soportar a personaje tan vulnerable, inconforme con su aspecto y con su edad. Todo lo que siguió son síntomas de enfermedad mental: las compras compulsivas, las operaciones, el encierro, la ocultación sistemática del rostro. Con Michael Jackson no ha tenido nadie, ni siquiera en la hora de la muerte, la más mínima compasión. Quien trastornó los gustos populares de toda una época se marcha perseguido por una jauría de envidiosos especializada en la destrucción. O frivolizado por un romo sentimentalismo que tampoco repara en su persona. Descanse en paz.
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