En mi primera réplica a la entrada de Citoyen sobre socialdmocracia y liberalismo en economía oponía los débiles contrapesos de la democracia a los del mercado, más eficaces. En esta segunda réplica a la entrada revisitada de Citoyen el tema central será la irracionalidad de los votantes.
Citoyen creo que quiere incorporarar el concepto de la "irracionalidad de los votantes" de Bryan Caplan
a su razonamiento, pero su definición no se parece en nada a la de aquél (más sobre esto luego). En caso de que no lo pretenda, no es una gran mejora: que los partidos influyan a los electores menos de lo que las empresas influyen a los consumidores es bastante irrelevante a la hora de sopesar los méritos relativos de la democracia política y el mercado en la asignación eficiente de recursos.
Varias objeciones (aparte de las que mencioné en el anterior comentario): en primer lugar, los partidos y empresas buscan influir sobre cosas distintas, a saber, políticas que van a imponerse a toda la sociedad, y bienes que uno va a consumir. Peras y olmos. En segundo lugar, el problema de la democracia política no es la "influencia de los partidos", sino los sesgos ideológicos que los votantes ya tienen (por razones psicológicas, influencia de los medios, los intelectuales, la universidad etc., la causa es secundaria), y cómo en democracia se externaliza el coste de votar por tus ideas sesgadas y desinformadas, en contraste con lo que sucede en el mercado. En tercer lugar, en su discusión de los sesgos cognitivos de los consumidores en el mercado no aporta ninguna razón que sugiera que el Estado es capaz de mejorar las elecciones de aquellos, y eso que el objeto de estas entradas es comparar los méritos relativos de ambos sistemas (en mi artículo Paternalismo y economía del comportamiento sí hago esa comparativa). En cuarto lugar, su valoración de los "fallos de mercado" es discutible (son fallos a la luz de su modelo neoclásico irreal), pero no quiero entrar en este tema. Sin embargo, también aquí brilla por su ausencia una comparación con los fallos del Estado, que difícilmente va a corregir los del mercado si adolece de taras aún más severas.
A continuación copio los fragmentos más relevantes de la entrada de Citoyen y copio, debajo, mi síntesis de los argumentos de Caplan, a modo de réplica.
Por otro lado, me ha venido a la memoria un post fantástico dónde Kantor replicaba a Alberto Garzón sobre el carácter endógeno de las preferencias de los consumidores. Alberto Garzón venía a defender que en una sociedad capitalista la soberanía del consumidor es una ilusión y la publicidad y las necesidades de la gran industria determinan las preferencias de los consumidores. Kantor replicó varias cosas, pero una de ellas era: bueno, si uno mira que parte del PIB se dedica a la publicidad-la manipulación de preferencias- vemos que se trata de una parte realmente modesta. MI reto sería el siguiente: si controlamos por el tamaño relativo del sector público y el privado, ¿qué parte de la industria de manipulación de manipulación de preferencias está orientada a uno u otro sector? ¿Que porcentaje de los licenciados en publicidad o en marketing trabajan en partidos políticos?
En general, el problema no es sólo el caracter “corporativo” de la democracia, sino el hecho de que los votantes actúen de forma irracional- es decir, se dejen influenciar. Está claro que los votantes actúan guiados por visiones atávicas, incluso míticas y por prejuicios cuando actúan en política mientras que en el mercado se les puede comprar. Las ideologías funcionan como elementos de confrontación basadas en la irracionalidad, algo que no ocurre en el mercado dónde los presupuestos disciplinan a la gente y la dinámica del mercado favorece que maximizar beneficios sea servir al consumidor. ¿De verdad?
Pues no. En primer lugar, los consumidores son explotables por las empresas. Cuando una industria es poco competitiva, o existen acuerdos entre empresas, los precios son más altos de los que deberían. Por otro lado, el argumento de Alberto Garzón puede ser rehabilitado si le quitamos la retórica marxista: existen un zillón de sesgos cognitivos pueden ser explotados por las empresas parahacer que la gente compre de forma contraria a sus intereses. Los individuos actúan de forma compulsiva e intertemporalmente inconsistente, la práctica totalidad de técnicas de marketing crean dispersión de precios, la falta de información de los consumidores puede hacer que la gente compre humo o aceite de serpiente.En este sentido, es probable que muchos consumidores sean de hecho mucho más influenciables y menos reflexivos que los votantes. Por otro lado, no es exacto que las empresas sobrevivan sólo acumulando más recursos; también sobreviven haciendo que los costes de los competidores aumenten- los patent thickets y patent races, la disuasión estratégica a través de inversiones específicas, los precios predatorios, etc, son todas formas de sobrevivir sin servir al consumidor. La “dinámica del mercado” tampoco excluye la corrupción y el amigachismo que parece ser la regla en política: los exhuberantes salarios de los ejecutivos son una buena muestra de ello.
Extraído de mi artículo Democracia para lo malo, y para lo menos malo, donde sintetizo la tesis que Bryan Caplan expone en The Myth of the Rational Voter: Why Democracies Choose Bad Policies
(ligeramente editado y con énfasis añadido):
Caplan sostiene que los votantes son peor que ignorantes: son irracionales. Sus errores no son aleatorios, siempre yerran en una misma dirección. El milagro de la agregación no tiene lugar en este modelo, y los grupos de interés solo influyen donde los votantes son indiferentes. Las políticas en una democracia son malas porque el votante está ideológicamente comprometido y comete errores sistemáticos.
Las personas tenemos preferencias sobre nuestras creencias. Valoramos determinadas creencias por sí mismas, nos aferramos a una determinada visión del mundo, sin la cual éste carecería sentido. ¿Por qué a menudo tenemos que hacer un esfuerzo para ser ecuánimes cuando critican nuestras ideas? Porque queremos que nuestras ideas sean ciertas. Los liberales simpatizamos con un argumento anti-estatista aunque sea cuestionable, los ecologistas desdeñan un argumento contra el calentamiento global aunque sea razonable. Si la ignorancia fuera la única causa de error, podríamos corregir cualquier idea equivocada con más información. Pero como señala Caplan, sería milagroso convertir siquiera a la mitad de un grupo de creacionistas al darwinismo por mucha información objetiva sobre genética, fósiles etc. que expusiéramos, o que John Lott pudiera moderar a los cruzados contra la libertad de armas por muy perfectos que fueran sus estudios empíricos. Es cierto que las personas tenemos un vasto afán por conocer, pero muchas veces queremos conocer sin sacrificar nuestra visión del mundo.
Detrás del fracaso de la democracia están las creencias erróneas que las personas tienen sobre economía, y buena parte del estudio de Caplan está dedicado a demostrar empíricamente los sesgos de la gente. El autor tacha de irracionales esas creencias porque se contradicen con el fin de alcanzar un mayor bienestar, que también valoramos. Obviamente la irracionalidad no empieza y acaba a las puertas del colegio electoral. Pero el mercado castiga la irracionalidad, la democracia no: si nos equivocamos en el mercado sólo nosotros pagamos las consecuencias; equivocarse en las urnas casi nos sale gratis, porque la relevancia de nuestro voto tiende a cero. El precio de satisfacer nuestras erróneas creencias es la reducción del bienestar que produce una determinada política descontada por la probabilidad de que nuestro voto sea decisivo. Si una medida proteccionista va a reducir nuestro bienestar en 1000€ y el electorado es de 1000 personas, satisfacer nuestras ansias nacionalistas solo nos cuesta 1€. Decir que los elevados costes de una política nos empujarán a ser más sabios es análogo a afirmar que los perjuicios de la polución nos llevan a conducir menos. Que los niveles de polución sean altos o bajos no depende de nosotros, de modo que conducimos igualmente. Como apunta Caplan, nadie se enfrenta a la elección "conduce menos o padece un cáncer de pulmón" o "reconsidera tus ideas sobre economía o malvive en la pobreza".





