Ferhergón opina que el Estado está condenado a desaparecer, pues es inherentemente inviable.
El Estado tiende a consumirse a sí mismo: en el límite, o cede poder, o se autodestruye, al no quedar riqueza que explotar. El problema es que, si cede poder, no puede atender sus compromisos con los que ha embaucado a la sociedad, y puede encontrar las destrucción a sus manos.
La teoría económica lo demuestra, pues, con facilidad. Coinciden, de una u otra forma, Mises (Intevencionismo), Hayek (Camino de Servidumbre), Rothbard y Hoppe.
No comparto esta tesis, y Fernando está imputando a esos autores opiniones que no son suyas. Lo único que demuestran las obras de los austriacos es que el Estado es ineficiente en casi todos o en todos los ámbitos en que interviene, no que esa ineficiencia haga que el Estado como tal sea inviable o no pueda perdurar en el tiempo.
A la luz de la experiencia histórica es obvio que Ferhergón se equivoca, o que su noción de la temporalidad es distinta de la del resto: el Estado lleva miles de años "consumiéndose a sí mismo".
En mi artículo sobre el catastrofismo liberal escribí:
Es cierto que el tamaño del Estado ha crecido mucho en el último siglo, pero lleva varias décadas medio estancado por debajo del 50% del PIB. La razón es que desde la perspectiva de quienes gobiernan y se nutren del Estado, el intervencionismo tiene rendimientos decrecientes a partir de cierto punto. El mejor Estado no es el que más poder tiene, sino el que maximiza la renta y el status de sus burócratas y cooperantes. Un gravamen del 40% sobre la renta genera más ingresos que un gravamen del 95%, que por ser tan alto desincentiva casi totalmente la creación de riqueza. Regulando la economía, el Gobierno puede ejercer poder y al mismo tiempo alardear de haber fomentado el progreso. Si nacionaliza la economía entera no hay progreso del que reclamar autoría y el poder que toca ejercer (mucho más feo) es el de la guillotina para contener a las masas furiosas.
Los intervencionistas de ahora, más pragmáticos que los de antes, han aprendido que no hay que matar a la gallina de los huevos de oro. Como no entienden muy bien cómo pone la gallina esos huevos, a menudo escañan demasiado al animal y tiene que venir una Thatcher o un Reagan a depurar excesos. Pero estos no llevan a cabo ninguna contra-revolución, se limitan a podar un Estado del Bienestar hipertrofiado para devolverlo a sus sólidas bases.
Juan Ramón Rallo también responde a Ferhergón en los comentarios. Copio parte de su acertada réplica:
La tesis de que el Estado tiende a autodestruirse me parece bastante equivocada, como puede observarse simplemente viendo dónde estamos. Otra cosa es que la intervención sea ineficiente porque genere problemas incluso en aquello que se pretende solucionar (no siempre: en ocasiones tiene bastante éxito en lo que se propone, el problema siempre es elc oste de oportunidad de ese éxito). Pero en general o son problemas que los ciudadanos no relacionan con el Estado o que asumen con resignación. Y en ese sentido el Estado no tiende a desaparecer, sino incluso a perpetuarse: el sistema monetario es un buen ejemplo de cómo estamos pasando de una baja intervención (s.XIX) a una máxima intervención, sin que su desaparición hoy por hoy esté en el horizonte. (...) El Estado destruye riqueza pero a) o la gente no lo relaciona con el Estado o b) el Estado también evita hoy que se destruya mucha riqueza y por tanto actúa como redistribuidor aceptado por la inmesa mayoría de la gente.
¿Por qué el Estado evita que hoy se destruya riqueza? Aun asumiendo que es económicamente posible y superior una sociedad sin Estado (y ahí hay mucho que discutir, aunque tiende a considerar que sí lo es) queda por ver si es política y socialmente posible. La economía no lo es todo; de hecho, la economía es un marco para las preferencias y esas preferencias desde luego son muy variopintas y no tienen por qué ir en la dirección de sostener o hacer viable una sociedad sin Estado. Es decir, aun cuando la teoría económica demostrara que es posible una sociedad sin Estado, sólo lo demostraría desde un punto de vista económico.
Pero aparte, incluso desde el punto de vista económico me parece evidente que hoy, ahora, ya, no es posible que desaparezca el Estado (tampoco sé muy bien cómo se lograría de inmediato esta proeza) sin que se produzca una destrucción muy grande de riqueza. ¿Por qué? Porque no hay casi nada que hoy pueda sustituir al Estado y en todo caso lo sustituiría de una manera muy deficiente. Las instituciones sociales toman su tiempo (en ocasiones mucho tiempo) en formarse y hoy no están formadas. Por eso, es comprensible que mucha gente prefiera mayor riqueza presente con Estado aun cuando, supuestamente, estén renunciando a una mayor riqueza futura sin Estado; simple preferencia temporal.
Una matización al comentario de Rallo: destruir el Estado en sentido estricto ("apretar el botón de la destrucción" que decía Rothbard) no es una solución realista, asumiendo que fuera concebible, porque algunos servicios que proporciona e instituciones que monopoliza son esenciales para el progreso humano y el precio a pagar por esa transición sin anestesia es la miseria y el caos durante un lapso de tiempo considerable. Pero "destruir" formalmente el monopolio del Estado, y progresivamente de facto, sí creo que es concebible y (más) realista (dadas ciertas circunstancias: opinión pública fuertemente escorada hacia el liberalismo etc.). La idea es privatizar la financiación del Estado y abrir sus funciones/servicios a la competencia, sin llegar a abolir las instituciones y los servicios que presta (justicia, policía etc.), que no son per se contrarios al principio de no agresión. Por un tiempo quizás seguiría siendo el principal proveedor de determinados servicios, pero cotizaría en bolsa como S.A. y competiría en un mercado abierto. Si Checoslovaquia pudo privatizar tres cuartas partes de los activos de su economía en apenas unos años después de la caída del comunismo, no es inconcebible que un Estado mínimo presionado por la población hiciera lo mismo con las cuatro o cinco labores que todavía desempeñara.
En cualquier caso Rallo alude a un aspecto interesante: aunque un orden social sin Estado sea teóricamente superior a la alternativa estatista, eso no garantiza que política o socialmente sea viable o estable. Creo que lo que insinúa en este comentario conecta con mi reflexión (bueno, la de Dan Klein) sobre el romance de la gente, que especula sobre los posibles sesgos piscológicos de la gente a favor de una estructura monopolista como la del Estado. Así concluía ese artícuo:
Los socialistas arguyen que un Estado grande es necesario para corregir las carencias del mercado o compensar las flaquezas de la naturaleza humana. Los liberales responden convincentemente que no, y que lo único que requiere el triunfo de la libertad es que la gente abrace las ideas liberales. Pero este planteamiento elude una cuestión interesante: ¿qué ocurre si las personas, románticas empedernidas, somos proclives a asimilar ideas estatistas pero no ideas liberales?
Un último apunte sobre la entrada de Ferhergón, cuyos dos últimos párrafos tienen un tono bastante milenarista: yo no escuché a Huerta de Soto decir que "el siglo XXI será el siglo del anarco-capitalismo" (ni con estas palabras ni con otras), y mucho menos que la anarquía de mercado se impondrá como sistema en este siglo. (¿Alguien más puede confirmar o desmentir esta versión?). En todo caso el Premio Príncipe de Asturias lo merece por su labor de economista, no de profeta.










