A raíz de la entrada sobre la privatización de las universidades de élite en el Reino Unido, defendida por el rector del Imperial College, he estado explorando un poco el tema y he encontrado un artículo interesante sobre el Proceso de Bolonia y la autonomía universitaria: Las Universidades del Siglo XXI.
Existe una contradicción evidente entre la homogeneización que supone el EEES y la independencia total de las universidades americanas (públicas o privadas) del poder político. Éstas son un modelo de excelencia que en cierto sentido los politicos europeos quieren emular. En The Times Higher Educational Supplement de 2006 se apuntan las 100 mejores universidades del mundo. Entre las 50 primeras figuran 42 universidades anglosajonas (americanas, británicas, australianas, canadienses y neocelandesas). Alemania no tiene ninguna. Conscientes de la supeñoñdad del sistema universitario anglosajón y de la decadencia relativa de las universidades alemanas, el gobierno de Schröeder manifestó en 2004 su intención de impulsar la creación de una universidad de élite, similar a Harvard o Stanford, e inmediatamente aludió a la necesidad de una financiación y dirección estatales. Esto mostró que ignoraba que las universidades americanas de élite son excelentes precisamente porque el Gobierno no juega ningún papel en su dirección. Los estatutos de Harvard o de Stanford no aparecen en ningún boletín oficial, y para su modificación no se requiere el consentimiento de Gobierno alguno. Es de esperar que los politicos europeos acaben de comprender y aceptar de una vez esta característica básica de las universidades anglosajonas. Es imposible describir el modelo de las universidades públicas americanas. Porque no existe. Cada Estado ha creado por acción legislativa su sistema propio de universidades públicas. La Universidad de California, en realidad un sistema de diez universidades, es la mejor universidad pública de EE.UU. Sus caracteristicas básicas son: plena independencia del poder politico, financiación que proviene tanto del Estado como del sector privado, profesores que no son funcionarios, alumnos que son seleccionados por méritos, y la inexistencia de títulos oficiales (es decir, sus titulos son avalados exclusivamente por el prestigio de la propia universidad y no son homologados por nadie más).
Carlos Rodríguez Braun, que referencia este artículo, opinaba en líneas similares sobre el Proceso de Bolonia:
Han detectado, y ya era hora, que las mejores universidades del mundo son las anglosajonas, y pretenden imitarlas, lo que está bien, pero a menudo en lo accesorio, lo que está mal. En el proceso de Bolonia los protagonistas sobresalientes son los políticos y los burócratas. Hace un par de semanas puso el dedo en la llaga José Canosa, en un artículo publicado en Actualidad Económica sobre las universidades del siglo XXI. Canosa es doctor en Física Aplicada por la Universidad de Harvard, ha enseñado en varias universidades americanas y españolas, y ha sido investigador en el Centro Científico de IBM en Palo Alto. Pero no es imprescindible ostentar un curriculum vitae tan notable para percibir lo obvio: ningún burócrata le dice a la Universidad de Chicago lo que tiene que hacer, porque resulta que esa Universidad tiene más premios Nobel que los burócratas, que no tienen ninguno. Esa es la objeción que cabe plantear, y no la bobada de que las empresas amenazan la autonomía universitaria. ¿O usted cree que Harvard no tiene autonomía? Si las universidades británicas, que sobresalen en Europa, desconfían de Bolonia, ahí estriba el argumento en contra, y no en una pretendida eliminación de las becas que nadie postula. En fin, que no me haga usted mucho caso, que cuando vislumbramos la jubilación incurrimos en irremediables tristezas.





