Esta semana en Libertad Digital critico las declaraciones de Pedro Santín, portavoz socialista de Medio Ambiente en el Ayuntamiento de Madrid, sobre el striptease de Pepsi en la calle Preciados. Este tipo de ejemplos ilustran que el afán por regular la moral no es monopolio de la derecha.
El striptease en Preciados consiste en dos jóvenes quitándose prendas hasta quedarse en ropa interior. No es precisamente pornografía y no se hace en la calle, sino en propiedad privada. A quien no le guste no tiene más que mirar hacia otro lado, nadie le obliga a detenerse delante del escaparate para ver la función.
Puede argüirse que el striptease produce una externalidad negativa sobre los transeúntes que circulan por la calle pública y se sienten ofendidos o incomodados, porque corrompe los valores tradicionales o no es de su gusto. Pero si la mera molestia u ofensa moral fuera motivo suficiente para prohibir una acción, entonces todas las acciones sería susceptibles de ser prohibidas. A un nivel similar al del striptease en el escaparate estaría el top less o el bikini en la playa, una pareja besándose apasionadamente en el parque, las portadas de la revistas porno en el quiosco, la chica que se pasea en minifalda y transparencias, o la vecina que se desnuda en su habitación sin correr las cortinas. Pero sería arbitrario limitar las potenciales externalidades negativas a este puñado de ejemplos. El mero conocimiento de que una acción que desapruebas está teniendo lugar puede ser causa de malestar o disgusto, luego todo queda al alcance de los prohibicionistas.
Santín dice que el striptease es "ofensivo para las personas" y que "atenta contra su vulnerabilidad", pero yo a los peatones concentrados delante del escaparate en este vídeo los veo muy contentos. Será que no todos comparten sus gustos o su sensibilidad, vaya sorpresa.





