En un artículo en la BBC Henri Astier entrevista a prostitutas y dueños de burdeles en Nueva Zelanda, donde hace 5 años que la compra-venta de sexo está legalizada.
Anunciar la venta de sexo, gestionar un burdel y vivir de los ingresos de la prostitución era ilegal en Nueva Zelanda hasta 2003, como lo es en la mayoría de países occidentales. El acto de prostituirse en sí no era ilegal, pero tampoco estaba reconocido. En aquella fecha la Prostitution Reform Act legalizó estas actividades e incluyó a las profesionales del ramo en el marco regulatorio al que está sujeto cualquier otro trabajador.
La legalización reconoció una situación que ya existía de facto e introdujo transparencia en el sector, lo cual ha mejorado las condiciones de trabajo de las prostitutas y elevado la calidad de la clientela. El abuso también es más fácil de denunciar a la policía ahora que las prostitutas realizan una actividad legal.
Ask New Zealand sex workers what they think of Swedish-style strictures, and the response is overwhelmingly negative.
"Whether you're prosecuting the men or the girls, you're still prosecuting the business," says "Lucy", 23, from Wellington.
Lucy works in Bon Ton, an exclusive establishment in the capital where an hour-long session costs NZ$400 (£140; $200). She says the reform has given her the opportunity to work for a legitimate business in a safe environment.
"I make twice what I was earning in retail. I am appreciated by customers and my boss. I can work whenever I want to - it's by far the most gratifying work I've ever had," she says. (...)
According to Catherine Healy of the New Zealand Prostitutes Collective (NZPC), better and safer working practices are now the norm.
Across the industry, she says, women are now aware of their rights and exploitative brothel owners are becoming marginalised as a result of the reform.
"Sex workers say: I can work across town," she says. "The dynamic has altered."





