La cumbre del G-20 ha sido, ante todo, un extraordinario ejercicio de propaganda al servicio de la narrativa estatista: la crisis ha sido causada por el exceso de codicia y la insuficiente regulación del sistema financiero, y los Gobiernos más poderosos del mundo se han dado cita en Londres para salvar el mundo. Estos mismos términos, "save the world", los ha utilizado la BBC cada vez que retransmitía noticias sobre la cumbre.
Podéis leer un resumen de las conclusiones de la cumbre aquí (en castellano). Básicamente: masiva inyección fiscal y fomento de una economía más verde, fuerte regulación del sistema financiero (incluidos los hedge funds), persecución de los paraísos fiscales y el secretismo bancario, y compromiso a preservar el libre comercio y flujo de capitales. El último punto (que es en realidad un compromiso a no hacer nada) es lo único positivo que ha salido de esta reunión de oligarcas.
Miles Saltiel, experto en temas financieros, había escrito para el Adam Smith Institute un resumen (pdf) de las erróneas interpretaciones (por no decir llanas falsedades) que inundan los medios y difunden los políticos. Lástima que los gobernantes no se llevaron un borrador de este texto a la cumbre, a lo mejor les hubiera servido de algo. Para lo que no les habría servido es para lavarse la imagen.
Many common explanations for the economic crisis are wrong, stemming from prejudice rather than evidence. In reality, there are five key culprits that the G20 should focus on: (1) loose monetary policy; (2) hubristic social engineering in housing policy; (3) the failure of the Basel protocols on core capital; (4) banks that were ‘too big to fail’ and (5) the effects of oligopoly on auditors and ratings agencies.
ACTUALIZACIÓN: Valoración de Rallo de las conclusiones de la cumbre:
La idea es tan sencilla como errónea: la crisis económica actual se ha producido porque la pasividad pública permitió que los altos ejecutivos, movidos por su irrefrenable codicia, invirtieran en productos extremadamente arriesgados y complejos que, de manera inevitable, terminaron colapsando. Por eso, en las conclusiones de la Cumbre se ha acordado incrementar las regulaciones sobre las instituciones financieras, sobre las agencias de rating y, por primera vez, sobre los hedge funds, esos fondos de inversión privados tan demonizados durante la última década precisamente por ser de "inversión" y, sobre todo, por ser "privados".
Pero la hiperregulación no es la respuesta; de hecho, en muchos casos como en el de las agencias de rating, la auténtica desregulación debería ser el camino a seguir. Recordemos que Caja Castilla-La Mancha (y todas las que vendrán detrás) ni quebró por falta de superversión y regulación ni sus créditos impagados se debían a la codicia capitalista (salvo que ensanchemos tanto el término capitalismo como para incluir al latrocinio político).
Es cierto que las instituciones financieras sí necesitan de una mejor regulación que defienda realmente los derechos de propiedad, pero esto dista mucho de que los políticos deban y puedan meter las narices en todos los patrimonios privados. El punto de llegada debería ser una progresiva abolición de los bancos centrales y de los privilegios con los que vienen operando los bancos privados especialmente desde hace un siglo. Sin embargo, el documento de la Cumbre ni siquiera mienta a los bancos centrales –culpables últimos de la crisis– y en cambio se deshace en invectivas contra la inexistente desregulación.
En definitiva, la Cumbre ha sido un fiasco destinado a bendecir la expansión descontrolada del gasto público por parte de cada Gobierno y para avanzar hacia un sistema financiero prostrado, aún más, a los intereses del Estado. Pero precisamente por conservar la malformación básica del negocio bancario (la insostenible estrategia de endeudarse a corto plazo e invertir a largo con la asistencia inflacionaria de los bancos centrales), estas medidas sólo servirán para asfixiar nuestra libertad y bienestar y no para poner fin a las recurrentes crisis económicas.





