Mi último artículo en Libertad Digital es una réplica al contramanifiesto de la "élite científica" publicado en el País, que afirma que la ciencia no puede establecer el momento en que un embrión humano es, ejem, humano. No niego que sean científicos cualificados, pero en este caso concreto han hecho un planteamiento absurdo y que de científico no tiene nada.
Obviamente clasificar la especie un organismo no tiene nada de ideológico o religioso. El cigoto unicelular fruto de la fecundación es ya un organismo único de la especie homo sapiens, con los 46 cromosomas que definen su identidad genética. El ser humano inicia en ese momento su ciclo vital y no lo termina hasta que muere. El embrión empieza a producir enzimas y proteínas y a dirigir su propio crecimiento y desarrollo, que se desenvuelve de una manera continua y gradual. Esto son hechos científicos.
Lo que probablemente querían decir los 17 científicos en su contramanifiesto es que la ciencia no puede establecer el momento en el que un ser humano tiene derecho a la vida, lo cual es cierto –para eso está la ética– pero es algo distinto a lo que dicen en realidad. Sus malabarismos retóricos ilustran que los hechos científicos son incómodos para la posición pro-abortista, pues obligan a sus partidarios a admitir que están defendiendo el derecho a matar a un ser humano. El derecho al aborto es más fácil de racionalizar y de reivindicar si el embrión puede ser descrito como una "masa de células". Pero si desde el punto de vista científico se considera un "ser humano", la causa queda maltrecha no sólo de cara a la opinión pública, también de cara a los pro-abortistas que buscan tranquilizar su conciencia. No es lo mismo "interrumpir un embarazo" que "interrumpir una vida humana".





