Sao Paulo es la capital económica de Sudamérica y la ciudad más occidental que uno puede encontrar en Brasil. Tiene una vitalidad que hace honor a su motto: "Non ducor, duco" ("no somos liderados, lideramos"). Sus habitantes reciben el nombre de paulistanos, y se miden con los cariocas (los habitantes de Río de Janeiro), que tienen fama de tomarse la vida con más calma.
A diferencia de otras grandes urbes no puede decirse que Sao Paulo sea una ciudad "bonita". No tiene ninguna coherencia, los rascacielos y bloques de pisos de las más variadas formas y colores, desgastados, anticuados o acristalados, se apelotonan caóticamente entre calles serpenteantes de asfalto resquebrajado.
El cemento cubre una superficie de 7944 kilómetros cuadrados (Madrid tiene 688 kilómetros cuadrados) y alberga a más de 20 millones de residentes en su área metropolitana, pertenecientes a un centenar de etnias distintas. Sao Paulo tiene además un relieve bastante irregular (muchas colinas, bajadas y subidas), lo cual contribuye a la sensación de desorden. Con todo, es en el elemento caótico de este bosque de cemento y asfalto que no para de crecer a lo alto y a lo ancho donde reside, si no el encanto, sí al menos el interés de Sao Paulo.
En esta ciudad estuvimos 2 noches (una tarde completa y un día), que dieron para mucho. Llegábamos al hotel reventados y dormíamos como troncos sin importar la incomodidad de la cama. Estoy convencido de que vimos más cosas que el turista que viene a pasar una semana, e incluso más porque a diferencia del turista lo hacemos casi todo andando, no hacemos apenas descansos, evitamos los lugares hechos a medida para guiris y nos mezclamos con la gente. Ignasi y Sergi, buenos amigos y mejores compañeros de viaje, iban "a muerte" y tienen lo que yo llamo la mirada curiosa, atributo esencial para explorar y aprender viajando.
A continuación paso a relatar lo que hicimos en Sao Paulo (dejo el segundo día para otra entrada), con recomendaciones, impresiones y fotos del lugar. Hice menos fotos de lo que me hubiera gustado (no tengo ninguna de noche), y la calidad a veces no es muy buena porque las hacía más rápido que de costumbre. No quería pasearme cámara en mano de manera muy vistosa, y por la noche preferí no traerla por precaución (el reloj, iPod... se quedaron en Londres).
Alojamiento: En Sao Paulo nos alojamos en un hotelucho funcional y barato en Consolaçao, al final de la Avenida Paulista, en pleno centro de la ciudad. El hotel se llamaba Formula 1.
DIA 1 (después de comer)
El orgullo de los paulistas es la sobria Avenida Paulista, una larga avenida con pocas amenidades que concentra el mayor número de rascacielos y oficinas de la ciudad. El MASP (Museo de Arte de Sao Paulo) y el Parque Trianon, que merece una visita, también se encuentran en esta avenida. En las calles paralelas hay mucha vida. Al sur de Avenida Paulista está el barrio de Jardim Paulista, el más exclusivo de la ciudad. Al norte, hacia el centro histórico, está Belavista, un barrio tranquilo de viviendas y comercios.
(Museo de Arte de Sao Paulo)
(Parque de Trianon)
Al final de Avenida Paulista (dirección Av. 23 de Maio) torcimos a la derecha, cruzamos el barrio de Jardim, hicimos parada técnica para un caipirinha en un barucho, y llegamos al inmenso parque de Ibirapuera, un pulmón verde con campos de fútbol y básquet, lagunas y descampados para tenderse y hacer picnic, caminos para hacer footing e ir en bicicleta, pistas cubiertas de cemento para ir con patines, hacer malabarismos con la bici etc. El parque estaba lleno de vida, un ambiente muy joven y animado: grupos de amigos, familias, abarrotado de gente haciendo deporte. Había paraditas de coco en cada rincón. El parque está aderezado con esculturas, monumentos, museos y un auditorio arquitectónicamente interesante.
Al salir de Ibirapuera nos adentramos en la parte más exclusiva de Jardims Paulista, Avenida de Brasil y Rúa de Groenlandia (y calles circundantes). Es un área residencial compuesta de torres y mansiones, verjas tipo Parque Jurásico, cámaras en todas las puertas y garitas de seguridad privada en las esquinas de las calles. El tipo de protección que en España solo ves en una embajada. Subiendo de nuevo hacia Av. Paulista desembocamos en una calle animadísima y absolutamente chic. Tiendas de marca, restaurantes y bares caros, pavimento de la calle y aceras sin ningún deterioro, limpio, gente bien vestida etc. Aquél rincón podía estar ubicado en cualquier ciudad europea. No recuerdo exactamente el nombre de la calle, pero creo que podría ser Rúa Oscar Freire o alguna paralela. Vale la pena pasearse por el lugar, muy tranquilo y agradable, y detenerse en la tienda oficial de Havaianas, la marca de las típicas chanclas brasileñas que allí lleva todo el mundo. Las calles perpendiculares y paralelas contenían muchos restaurantes y bares de copas.
Cenamos salgados (más sobre comida brasileña en otro post), paréntesis en el hotel y metro hasta el barrio de Vila Madalena, que nos había recomendado para salir de noche un brasileño que Ignasi conocía en Sao Paulo. Estuvimos deambulando por la zona una hora intentando encontrar alguna calle de bares pero no dimos con ella. Lo que vimos era todo residencial y no queríamos alejarnos más de la cuenta. Acabamos por volver a Av. Paulista, donde al entrar en el metro habíamos visto una notable concentración de jóvenes, y nos decidimos por una estrategia que nunca falla: seguir a un grupo de jóvenes locales con ganas de fiesta. Efectivamente nos llevaron donde queríamos: en la Rúa da Frai Caneca y alrededores (entre Consolaçao y Avenida 9 Julho) la fiesta estaba tanto dentro de los locales como fuera en la calle. Todo público joven y sensación de seguridad. La zona resultó ser principalmente gay pero con abundancia de heterosexuales y montones de brasileñas. Vimos la primera pareja de lesbianas adolescentes (abiertamente efusivas) del viaje, y sería la primera de varias. Nos sorprendió (porque no lo habíamos visto antes) que dos chicas tuvieran conciencia de su condición de lesbianas tan jóvenes y lo expresaran con esa naturalidad. Nos tomamos unos cuantos caipirinhas (la bebida oficial de Brasil) y dimos la jornada por terminada.





