Acabo de pasar una semana de vacaciones en Brasil y, como hiciera a mi vuelta de Suiza, quiero escribir aquí mis impresiones, subjetivas y anecdóticas, sobre lo que he visto. La verdad es que han sido unas vacaciones intensas, de estas que piden otra semana de vacaciones para recuperarse (muy habitual en mis viajes). Ignasi, Sergi y yo, amigos desde el colegio, nos lo hemos pasado en grande explorando el sudeste brasileño. La crónica detallada del viaje, con fotos, comentarios y recomendaciones, la dejo para futuras entradas. En este post quiero centrarme en las impresiones que tengo sobre Brasil basadas en mi visita a las ciudades de Sao Paulo y Rio de Janeiro y los pueblos de Paraty y Vilha do Abrao en Ilha Grande.
- Se nota que es un país en desarrollo. Ése era uno de los principales alicientes del viaje, ver un país social y económicamente muy diferente. Ya había salido antes de la burbuja occidental, hace 15 años con la familia a México D.F. y Cancún, pero fue una experiencia distinta. De hecho no puede decirse que llegara realmente a salir de la burbuja occidental, ya que fue un viaje de cinco estrellas organizado y en grupo de 50, con guías, traslados en autocar, nula interacción con la gente del lugar y visita a los seis o siete puntos turísticos clave. En Brasil hemos ido de albergue, pateando las calles y cogiendo el transporte público, comiendo donde lo hacen los locales y charlando con algunos de ellos, y visitando barrios más que monumentos y museos. Brasil es un país gigante, en tamaño y en población. 200 millones de personas en un territorio como el de Estados Unidos si le quitamos Alaska. Su renta per cápita es casi una quinta parte de la estadounidense y una tercera parte de la española, pero es un país que emerge y crece a una velocida
d que por estos lares, más acomodaticios, no hemos experimentado en bastante tiempo. La categoría de "país en vías de desarrollo" queda plasmada en una mixtura de occidentalización y precariedad, una realidad a medio camino entre la modernidad y la vida de hace 50 años. Gadgets tecnológicos, avenidas de tiendas chic, FNAC, metro de reciente construcción y líneas de buses con aire acondicionado y televisión, rascacielos de oficinas, extensísimos barrios de clase media, media-baja y media-alta, teatros, museos y cine de Hollywood, Gran Herman
o, CQC, calles de asfalto machacado, grafitis y suciedad por doquier, ingentes barrios de favelas con antenas parabólicas y campos de fútbol, centenares de pobres acampando en las calles del centro, gente vistiendo bien, gente vistiendo cutre y gente vistiendo humilde, parque automovilístico sin Audis ni BMWs, predominan los Fiat, Citroen y Renault (gamas básicas o de la decada anterior) así como las furgonetas de hace medio siglo tipo Volkswagen Bully y similares, mercadillos y cadenas de supermercados, dependientes desentrenados en el arte de ser servicial con el cliente, caos urbanístico y tráfico desordenado. Esto por lo que respecta a las grandes urbes (Sao Paulo es una megalópolis de más 20 millones de habitantes, y Río tiene cerca de 9). En los pueblos o ciudades pequeñas el componente occidental/moderno es menor, parece que vayan unos años por detrás y la vida sea más pausada.
- Ligado a su condición de país en desarrollo, Brasil muestra unos contrastes notables. Para los que ven la realidad como una pugna entre ricos y pobres (y no distinguen entre Tercer Mundo y países en vías de desarrollo) en Brasil, como en todo Latinoamérica, solo hay gente muy
rica y gente muy pobre. La clase media es prácticamente inexistente y la población se divide en una mayoría pobre y una minoría de proporciones considerable y con un altísimo nivel de riqueza. Pero la verdad está en los matices. En países como Brasil hay una clase alta que destaca, por contraste, más que en Occidente, pero la clase media (en todas sus variantes) tiene un peso enorme y si no es la más numerosa sí es la que crece más rápido. Sao Paulo y Río de Janeiro son ciudades de clase media, no son un pequeño oasis de privilegiados en el centro asediado por kilómetros de barracas. Son una amalgama de barrios de todos los estratos, con abundancia de bloques de pisos y trabajadores que ganan su jornal en el sector industrial o de servicios.
En los países en vías de desarrollo (Brasil, México, Argentina, Sudáfrica, Tailandia, China, India etc. en distinto grados) la fuerza más importante cuando no la más numerosa es la clase media. Alguien de clase media-baja en Brasil podría ser considerado de clase baja o muy baja en España, pero las desigualdades hay que juzgarlas en perspectiva. La familia brasileña de clase media-baja no se compara con la clase media española, sino con otras familias del país o con los demás integrantes de su comunidad. Los millones de brasileños que viven en barrios de favelas son claramente pobres desde el punto de vista de Occidente, que ya apenas tiene barracas en sus suburbios, pero probablemente la percepción que la gente de las favelas tiene de sí misma no sea la misma, y no se tengan por tan desgraciados o socialmente marginados.
- La pobreza en Sao Paulo y Río se ve de lejos (cuando los autobuses o el metro cruzan barrios degradados o de favelas), pero también se palpa cuando caminas por el centro y los barrios de clase media. En Sao Paulo se veían muchísimos pobres tirados por la calle, sobre todo en el centro histórico (el par
que Anhangabaú y calles circundantes, o la plaza de la República o la plaza Sé). Grupos de 10 o 15 personas, niños incluidos, durmiendo en los portales, en las escalinatas de los teatros o en las plazas. Algunos pedían dinero, pero no era lo habitual. Otros rebuscaban entre las papeleras (al parecer hay quienes se ganan la vida acumulando latas que luego llevan a reciclar). Ni los locales les prestaban atención ni ellos la buscaban, la misma relación que uno encuentra entre mendigos y ciudadanos de a pie en Madrid o en Barcelona, solo que en otro orden de magnitud. La mayor proporción de pobres hace, sin embargo, que te preguntes más a menudo por las cirscunstancias que han llevado a esas personas a esta situación y las opciones que tienen o el papel que puede jugar su fuerza de voluntad a la hora de salir de ella.
En un país como España es más fácil concluir que el que no trabaja es porque no quiere. La pobreza en Río de Janeiro no se palpaba tanto (aunque eso también puede estar relacionado con el hecho de que en Sao Paulo era festivo y el centro estaba todo cerrado, mientras que en Río era día laboral). Había pobres en el suelo pero no muchos más de los que vi en París. Sí había gente de aspecto muy humilde aquí y allí, y los niños de las favelas (inmortalizados en esa joya del cine que es Ciudad de Dios) se dejan ver por todos lados, incluidos los barrios exclusivos de Copacabana. Las favelas son parte del paisaje de Río de Janeiro tanto como el Cristo Redentor. En ellas se calcula que vive un 20% de la población de la ciudad. Los datos sobre las favelas, no obstante, podrían sorprender a algunos: un 97% de las casas tienen televisión, un 94% nevera, un 59% DVD, un 55% teléfono móvil, un 48% lavadora y un 12% tiene ordenador. La violencia en estos lugares no es rara pero tampoco es tan común como podría pensarse si uno tiene como única referencia Ciudad de Dios.
- En las ciudades de Río y en Sao Paulo no hay sensación de seguridad plena. En los barrios de más alto nivel paseas bastante tranquilo, pero incluso en estos a menudo recomiendan vigilar con los carteristas y evitar caminar solo de noche. Nosotros íbamos bastante tr
anquilos y no tuvimos ningún problema (descontando un pequeño encuentro con dos niños de la favela en Río, una anécdota que ya explicaré luego), pero siempre íbamos palpándonos el bolsillo, agarrando bien la mochila y localizando los coches de la policía "por si acaso". A veces estoy tentado a pensar que tanta alarma es exagerada. Al fin y al cabo, desde el taxi o el autobús que cruza una zona de aspecto potencialmente conflictivo se ve a gente normal yendo de un lado a otro, madres que pasean con sus hijos o chicas que van a la escuela. Estoy convencido de que para la gente local la sensación de inseguridad es menor que para el turista occidental, que tiene como referente su propio país. Pero las voces de cautela no vienen solo de las guías de viaje. Muchos brasileños de clase media-alta se sienten inseguros y son los primeros en moverse en coche o en taxi a partir de ciertas horas. Todas las residencias de los barrios de clase media y alta en Sao Paulo tienen alambradas electrificadas, cámaras y portero o seguridad las 24 horas. En las mansiones del barrio d
e Jardims, uno de los más exclusivos, hay verjas que parecen sacadas de Parque Jurásico. En Río no hay alambradas electrificadas pero sí muros de barrotes y seguridad privada. En los bloques de pisos que daban a la playa de Ipanema se podían ver guardias de seguridad en la portería, algunos con chaleco y armas en el cinto. Estos son algunos titulares de O Globo el día después de marcharnos de Río: "Presos 3 em Santa Cruz", "Atrizes sao assaltadas", "Mais tres policiais sao mortos em 12 horas", "Traficantes mortos", "Morte em assalto". En las pueblos, por el contrario, la sensación de seguridad era absoluta. No se percibía ningún peligro potencial, la gente paseaba relajada por cualquier sitio a cualquier hora en Paraty o en Vilha do Abrao, aunque no hubiera ningún policía (en Río y en Sao Paulo abundaban). Los locales también aseguraban que no había nada que temer.
- Brasil es una sociedad racialmente muy diversa. Además de los colonizadores portugueses y los indígenas del lugar, recibió el influjo de millones de inmigrantes europeos y asiáticos, así como millo
nes de esclavos africanos traídos para trabajar en las plantaciones. El resultado, después de siglos de mestizaje, es un pupurri racial y cultural extraordinario. Étnicamente se distinguen cinco grupos: blancos (49%), mulatos (42%), negros (7.5%), amarillos (0.5%) e indígenas (0.3%). Muchos brasileños comparten rasgos de distintas etnias, lo cual resulta especialmente atrayente en el caso de ellas, por la diversidad de bellezas y su exotismo (aunque las hay en el otro extremo). La diversidad se refleja en la cultura, en la música y en la comida. Brasil alberga la comunidad japonesa más grande del mundo fuera de Japón (el barrio de Liberdale en Sao Paulo es su máximo exponente). También contiene la mayor comunidad de origen italiano del mundo, después de Italia (25 millones de italiano-brasileños), y la segunda mayor comunidad de origen alemán fuera de Alemania (12 millones). Con todo, los europeos en Brasil no pasan desapercibidos. En Río es más normal ver occidentales, pero en Sao Paulo apenas se ven turistas paseando por las calles, en el metro o en el parque, y atraes muchas miradas de chiquillos y transeúntes. Sobre todo si vienes de Londres con la piel más blanca que un muerto.
¿Alguien ha visitado o vivido en Brasil y quiere comentar su experiencia? Más entradas sobre el viaje en los próximos días.





