En mi último artículo en Libertad Digital comparo el Estado con una empresa.
El Estado es como una gran empresa. Nos proporciona servicios a cambio de una contribución, nos asegura en contra de riesgos y fatalidades, nos permite decidir sobre su estructura y modelo de gestión. Los ciudadanos somos sus clientes y al mismo tiempo, sus accionistas. La Constitución del país es el contrato que nos vincula al Estado y nos reconoce como titulares de la empresa. Todos tenemos derecho a elegir el Consejo de Administración y a su presidente mediante sufragio. Cualquier persona puede llegar a presidente si consigue el apoyo de una mayoría de accionistas. Si no nos gusta cómo los gobernantes conducen la empresa, podemos despedirlos y escoger a otros. En el mercado político los partidos compiten por nuestro favor e intentan satisfacer "la demanda" de los votantes. La naturaleza y los incentivos del Estado, en definitiva, son similares a los de una corporación. Si los liberales mostramos tanta simpatía por la empresa como organización, ¿por qué somos tan hostiles al Estado?





