Con un artículo en defensa de la abstención cuando la elección es entre un McCain y un Obama.
El sistema político es inherentemente injusto, lo que se dirime en unas elecciones es quién va a obtener el poder de expoliar la riqueza y regular la vida de todos los ciudadanos, un poder que nadie debería ostentar en primer lugar. No estamos hablando de tres amigos decidiendo por mayoría qué película van a ver, sino de dos lobos y una oveja decidiendo qué hay para cenar. Frustrados por el statu quo, la tentación puede ser grande para votar al menos malo de los candidatos e intentar mejorar las cosas cuanto antes. Pero ceder a este deseo corto-placista tiene un precio a largo plazo.
El Estado de Bienestar democrático extrae su legitimidad de la voluntad de la gente. El Estado solo puede detentar un poder tan grande si una masa significativa de la población aprueba la idea de que un grupo de personas coaccione a todas las demás. Cuando votamos en una elección estamos implícitamente apoyando el proceso por el cual unos individuos llegan a tener un poder intolerable sobre el conjunto de la sociedad. Aunque nuestra motivación sea reducir ese poder, el mero hecho de participar en el sistema reconforta al Estado. De poco sirve que hayamos votado –tapándonos la nariz– al menos malo. El candidato ganador exhibirá triunfalmente su mayoría, sin distinguir entre votantes convencidos y votantes resignados. Y a los que hayan votado al perdedor les dirá que no se quejen, pues ya conocían las reglas del juego antes de jugar.
Podéis leer el resto aquí. En principio escribiré en LD cada dos semanas.





