Recientemente volví a ver el último James Bond, Casino Royale, y ahora que Quantum of Solace se acerca he pensado que escribiría unas líneas.
Resumen: La primera misión de 007 consiste en ganar una partida de póker contra Le Chiffre, banquero de terroristas, en el lujoso Casino Royale de Montenegro. No todo sale como estaba previsto, y Bond se enamora de verdad por el camino.
Lo mejor: Daniel Craig como 007, los diálogos y las secuencias de acción (que no son muchas). Pero sobre todo la selectiva y pensada violación de los cánones de la serie Bond.
Lo peor: El villano de la película no tiene un final digno, muere como un subalterno. Espera, ¿no es realmente un subalterno...?
La secuencia: Bond torturado por Le Chiffre, allí donde más duele. Estremecedor e hilarante al mismo tiempo.
La persecución: En Uganda a la caza de un terrorista que se escurre como un hampster por las grúas de una zona en construcción.
La frase: The name is Bond, James Bond (que esta vez se hace esperar).
El diálogo:
James Bond: [después de haber perdido 10 millones en el juego] Vodka-martini.
Bartender: Shaken or stirred?
James Bond: Do I look like I give a damn?
Reseña:
En Casino Royale los cánones se rompen para ser construidos por vez primera y reafirmados al final (o en las secuelas que están por venir). El ejemplo paradigmático quizás sea la carta de presentación de Bond y el tema musical que siempre la acompaña: el “Bond, James Bond” no aparece hasta el final, cuando 007 se presenta ante el villano principal, y el tema musical se insinúa parcialmente durante la película pero no se escucha completo hasta la última secuencia. Que el nuevo 007 sea más sucio, sangre más, casi muera (¡y tenga que ser salvado por la chica!) y sea más violento (los otros 007 mataban con más “elegancia”) pone de manifiesto su inexperiencia. No se nace siendo James Bond, uno tiene que aprender el oficio.
Es un detalle ilustrativo que Bond no tenga aún definido su famoso Martini con Vodka, mezclado pero no agitado. Su bebida está también en proceso de creación. Experimenta pidiendo tres partes de Gordon’s, una de vodka, media de Kina Lillet, agitado con hielo y con una fina rodaja de cáscara de limón. En esta línea vemos como antes de pasarse al Aston Martin Bond conduce un simple Ford.
No es la primera película de la serie que juega con los sentimientos amorosos de Bond, pero sí la primera que muestra a un Bond vulnerable que se enamora de una chica hasta el punto de plantearse dejarlo todo para irse con ella. Su “traición” convertirá a Bond en el hombre frío y mujeriego que conocemos, un espía implacable que no volverá a cometer el error de enamorarse y confiar su vida a otra persona. Bond pierde la inocencia en esta película. No en vano en los títulos de crédito no aparecen siluetas femeninas y cuerpos desnudos. Aún es pronto.
Lo cierto es que Casino Royale, aunque provoque un instintivo rechazo inicial en quienes van con la expectativa de ver al James Bond de siempre, es una película de perfecta factura. Martin Campbell, que ya dirigió un James Bond estrictamente ortodoxo, Goldeneye, sabía lo que se traía entre manos. Las secuencias de acción son frenéticas y espectaculares (la persecución en Uganda, grúa mediante, y en el aeropuerto de Miami), la partida de Texas Hold’em en el casino montenegrino capta toda la atención del espectador (da igual que no sepamos jugar al póker), el humor no se echa de menos, los diálogos son ágiles e inteligentes y Daniel Craig es un James Bond de los pies a la cabeza.





