Gonzalo Martín, en su blog La Nueva Industria Audiovisual, ha planteado un debate sobre la necesidad de la televisión pública.
- ¿Tiene sentido que exista una televisión pública en nuestros tiempos? ¿Se ve ésta necesidad aumentada o disminuida por el auge de internet?
- Sea cual sea la respuesta a la primera cuestión (es decir, si no hay más remedio que la haya si se está en contra), ¿qué modelo es el que tiene sentido?
Gonzalo ha invitado a varios blogueros a participar y se ha interesado por el punto de vista liberal sobre el tema. Ésta es mi opinión:
La televisión pública es peor que innecesaria, reduce el bienestar de los inviduos y atenta contra su libertad personal. Los recursos públicos empleados en un medio como RTVE son detraídos forzosamente de otras ramas productivas que responden a la demanda de los consumidores en el mercado. Cada euro confiscado por el Estado para sufragar la televisión pública es un euro menos en el bolsillo de los contribuyente, un euro menos en su esfera de decisión. La televisión pública existe a expensas de los individuos, no es fruto de un intercambio voluntario. Si compramos a Miguel un libro podemos decir que Miguel nos ofrece un servicio. Si Miguel amenaza con embargarnos o encarcelarnos si no le financiamos su obra difícilmente diremos que está ofreciéndonos un servicio. Cuando analizamos fenómenos idénticos en esencia pero superficialmente más complejos no deberíamos perder de vista esta claridad semántica.
En el origen coactivo de los medios de comunicación públicos radica su ineficiencia. En un entorno genuinamente competitivo los factores de producción superfluos en una televisión privada (trabajadores, bienes de capital) se desplazan a otras ramas productivas, demandados por empresarios que los aprovechan para producir más bienes y servicios. Pero la televisión pública, en lugar de liberar recursos innecesarios y reducir costes, no hace sino recrearse en el exceso a costa del contribuyente. No tiene incentivos para economizar recursos ni tiene el test de la rentabilidad para saber cuándo está haciendo un buen trabajo (esto es, si los consumidores están dispuestos a pagar por el producto más de lo que cuesta producirlo).
El argumento de que la televisión pública aumenta el rango de opciones de los consumidores resulta grotesco si consideramos que las alternativas privadas en abierto nos salen gratis. ¿Cómo se justifica el pago de impuestos por un servicio que el mercado proporciona de forma gratuita a los consumidores? Es más, con el dinero que nos ahorraríamos en caso de privatización o cierre de la televisión pública sería más asequible contratar servicios de televisión por cable o por satélite, con cientos de canales a nuestra disposición (en caso de que efectivamente queramos ampliar nuestro rango de opciones en televisión en lugar de destinar ese montante a otro fin). El coste de mantener esa entidad pública es visible en países como el Reino Unido, dónde se paga un cánon por la tenencia de un televisor que sirve para financiar directamente la BBC. La TV license me cuesta 12 libras al mes. Por este precio podría contratar Virgin TV, con más de 90 canales, y aún me sobraría dinero. Si añadiera unas cinco libras podría contratar Tiscali o Sky, con centenares de canales y televisión "on demand". Me parece ofensivo que me digan que la TV license es por mi bien.
La función de servicio público de los medios de comunicación estatales, siempre vagamente definida, se enfrenta a un conflicto de imposible resolución: si pretende satisfacer al mayor número de consumidores (haciendo honor al principio de que los consumidores tienen que recibir algo de valor a cambio de sus impuestos), entonces su objetivo es igual al de las cadenas privadas, que también buscan maximizar la audiencia, y su necesidad queda en entredicho. Si, por el contrario, pretende ofrecer contenidos (culturalmente elevados etc.) que por sus características apelan solo a determinadas minorías, es obvio que no beneficia al conjunto de ciudadanos que financian este servicio, lo que también cuestiona su ideoneidad.
En cualquier caso, la caracterización de los medios de comunicación privados como “maximizadores de audiencia” sólo es cierta en relación con los canales generalistas. Numerosos canales privados, sobre todo en la televisión por cable y por satélite, se especializan en géneros y contenidos concretos para atender a grupos minoritarios. A menudo es más lucrativo agregar minorías que dirigirse al "televidente medio".
En la actualidad los usuarios de la televisión por cable y por satélite tienen acceso a películas de distintas épocas y de todos los rincones del mundo, deportes nacionales y extranjeros, música y videoclips de cualquier género, documentales sobre los más variados fenómenos... Desde el sillón de casa podemos practicar lenguas extranjeras, ver recónditos parajes naturales, conocer exóticas culturas, o estar pendientes de las noticias las 24 horas, ya sea en la CNN, en Bloomberg o en Al-Jazeera. Esta diversidad es producto del mercado, y menoscaba el argumento de que unos medios de comunicación públicos son necesarios para contrarrestar la programación homogénea y vulgar de la televisión privada, dirigida únicamente a las grandes masas de consumidores. El auge de internet, con su diversidad inabarcable, refuerza esta tendencia.
Por último, la televisión por cable y por satélite son en realidad bastante recientes. Internet como medio de comunicación audiovisual está aún floreciendo. Como la imprenta, la radio o el fonógrafo en su primera etapa de existencia, puede que el potencial de la televisión en estas plataformas aún esté, en buena medida, por explotar.
Dejo sin contestar la pregunta de qué modelo de televisión tiene más sentido con independencia de la respuesta a la primera cuestión, porque si me olvido de la primera cuestión entonces ya no puedo aportar una opinión desde un punto de vista liberal, que era el objeto de mi intervención. No creo que haya un modelo de televisión pública más liberal que otro (a no ser que uno sea una carga menos onerosa para el contribuyente, en cuyo caso ése podría ser preferible).





