Comentaba Barcepundit que la guerra de Iraq ha tenido un efecto disuasorio sobre Libia y Corea del Norte, puesto que ambos han renunciado a sus programas atómicos con posterioridad al deshaucio de Saddam. Según Josep Miquel:
Un buen impermeable no admitiría jamás que la guerra de Iraq puede haber tenido efectos positivos en cuanto a la proliferación nuclear: es más que plausible que el que un país se embarque en una costosísima operación bélica que lo enemista con casi todo el planeta sólo para evitar tal riesgo tendrá un efecto disuasorio sobre los que puedan tener veleidades atómicas. Demuestra que ese país va en serio y no se anda con chiquitas.
Es posible que tenga razón. Pero habría que contemplar otra posibilidad que a mí se me antoja tan plausible como la otra, aunque es menos intuitiva: que la guerra de Iraq haya desincentivado el desarme porque la probabilidad de que Estados Unidos se embarque en otra aventura militar después de Iraq se ha reducido vis a vis a la probabilidad de una intervención si Estados Unidos no se hubiera empantanado en Iraq.
Es decir, tomando la disuasión como una función de la probabilidad de que Estados Unidos intervenga militarmente, habría que comparar la probabilidad estimada de que Estados Unidos atacara un país después de haber atacado Iraq con la probabilidad estimada de que lo hiciera si no hubiera atacado Iraq. Cierto, estamos comparando la realidad con un escenario hipotético, pero no hay otro modo de evaluar si la intervención militar ha tenido un mayor efecto disuasorio.
Considerando los costes de la guerra, tanto económicos y militares como en términos de relaciones diplomáticas y de opinión pública en Estados Unidos, en Occiente, en Oriente Medio y en el resto del mundo, yo creo que el horno no está para más bollos. Estados Unidos ha gastado casi toda la confianza y el capital moral acumulado desde el 11-S. Con Iraq ya lo puso a prueba, pero al menos en Estados Unidos la guerra tenía el visto bueno de la mayoría. Ahora no creo que otra intervención lo tuviera, y en el resto del mundo las protestas serían aún más virulentas y contraproducentes para la imagen del país.
Si esta premisa es correcta, y yo creo que tiene visos de serlo, entonces la percepción de Trípoli y Pyongyang quizás no fuera la de "ya hemos visto que Estados Unidos no se anda con chiquitas, vamos a renunciar a nuestro programa atómico antes de que nos ataquen a nosotros también", sino la de "no es probable que Estados Unidos ataque otro país después de la guerra de Iraq, no tendrá el apoyo necesario en casa y no estará dispuesto a comprometer tanto su imagen". Trípoli y Pyongyang habrían renunciado entonces a su programa atómico a pesar de la guerra de Iraq, no como consecuencia de su efecto disuasivo.
Es más, si la anterior premisa es cierta entonces es posible que otros Estados (por ejemplo, Irán) se hayan comportado más agresivamente considerando la baja probabilidad (o más baja que en un hipotético escenario sin guerra de Iraq) de que Estados Unidos lance otra compaña militar. Por supuesto todo esto no son más que hipótesis y puedo estar perfectamente equivocado. Mi argumento es solo que de la guerra de Iraq no se siguen necesariamente efectos disuasorios.
Decía al principio que el planteamiento de Josep Miquel es más intuitivo porque es fácil obviar los costes y otras consideraciones importantes cuando nos planteamos analogías simplificadas relacionadas con el castigo/retribución y sus efectos disuarios. Por ejemplo, al reflexionar en torno a la disuasión nos puede venir a la mente un escenario parecido a éste: estamos en una plaza con varios indeseables que quieren asaltarnos, todos al acecho. Si le damos una paliza a uno de ellos disuadiremos a los demás de que nos ataquen. Con nuestra paliza estamos señalizando que tenemos la voluntad/la valentía de encararnos con cualquiera que ose hacer lo mismo, lo cual tiene evidentes efectos disuasorios si los potenciales asaltantes valoran no recibir una somanta de palos.
Pero cometemos un error si extrapolamos una analogía como ésta a la escena internacional y a la pugna entre Estados. Por un lado, el Estado que decida “dar una paliza” a otro se enfrenta a una serie de costes (económicos, militares, diplomáticos etc.) que en el ejemplo de los asaltantes ni siquiera hemos contemplado. Por otro lado, la intervención militar del Estado no depende de “su voluntad” o de “su valentía”. Depende en buena medida de la opinión pública nacional (e internacional también). Bush puede haber señalizado mucha voluntad con la invasión de Iraq, pero en estos momentos las encuestas señalizan muy poca voluntad de empezar otra guerra.





