Hace poco escribí un artículo reflexionando en torno al suicidio, el suicidio asistido y la eutanasia (publicado también en Liberalismo.org y en versión resumida en el IJM).
Paco Capella, el más "de ciencias" de los miembros fundadores del Instituto, tiene un capítulo dedicado a este tema en su omnicomprensivo proyecto Inteligencia y Libertad. Paco no tiene pelos en la lengua y sus argumentos y comentarios corren a veces el peligro de alienar a sus lectores más susceptibles, pero si se le leen sus opiniones con la mente abierta (y con malla de cobre los que tengan la piel muy sensible), siempre resulta estimulante, incluso en la discrepancia.
En este caso, un disclaimer de esos que no hacen falta: no estoy de acuerdo con todo lo que dice Paco aunque cite párrafos suyos abajo. Mi opinión concreta sobre este tema la tenéis en el artículo que menciono al principio. En líneas generales sí coincido con Paco.
Capella sobre el suicidio:
Algunos suicidas están desesperados y sufren emociones negativas muy intensas, otros saben perfectamente lo que hacen. Es natural desear ayudar a un suicida, intentar persuadirle de que la vida merece la pena, pero no es legítimo agredirle para que no se mate o castigarle si lo intenta y fracasa. Sujetar brevemente a una persona para evitar que se mate es una agresión leve que el suicida seguramente perdonará e incluso agradecerá si se arrepiente; y si no lo hace siempre puede reclamar una compensación a quien le retuvo y volver a intentarlo. Encerrar y mantener controlada a una persona para que no se mate es un secuestro. Es legítimo intentar convencer a alguien de que no se quite la vida, pero sin usar la violencia para impedirlo. (...)
Lo normal en un ser vivo es que desee seguir viviendo, los suicidas son un porcentaje ínfimo de la sociedad. Pero en determinadas circunstancias la vida puede ser tan penosa que el individuo prefiere acabar con ella a continuar sufriendo. La persona que sistemáticamente desea suicidarse es quien mejor sabe si puede soportar y resolver los problemas que le angustian. No se trata de que el suicida desee la muerte sin más, sino que la prefiere como la menos mala de las alternativas disponibles. (...)
La vida humana no es un valor absoluto que anule todos los demás: hay personas que mueren por otros (martirio heroico) o contra otros (asesinos suicidas); algunos guerreros arriesgan su vida o se suicidan por honor; los asesinos pueden ser eliminados para evitar que mueran personas inocentes; la defensa propia justifica el asesinato del agresor; el esclavo antepone el seguir viviendo a todo lo demás, pero algunos prefieren morir a perder su libertad, y los poderes constituidos temen a los ciudadanos libres dispuestos a arriesgar su vida contra la opresión. La sociedad suele aplaudir a quien se mata por los demás, incluso algunos son elevados a la categoría de héroes o dioses. Pero la motivación o intencionalidad de un acto es irrelevante para que este sea éticamente legítimo: basta con no agredir a otros.
Sobre la eutanasia/suicidio asistido:
Prohibir la eutanasia es legislar en contra del más débil, del más incapaz, del que quiere morir pero no puede suicidarse, y provoca la continuación del sufrimiento. La penalización de la eutanasia castiga severamente a quien hace un gran bien según la valoración subjetiva relevante de la persona que recibe el alivio de la muerte. Quienes están en contra de la legalización de la eutanasia no están obligados a practicarla o solicitarla, pero tal vez cambiarían de opinión si se vieran en una situación desesperada y necesitaran a alguien que les ayudara a morir. Participar en una eutanasia puede ser un acto de piedad que requiera un gran valor para soportar el rechazo y la persecución de una mayoría que se opone. Algunos médicos practican eutanasias en secreto de acuerdo con los enfermos y sus familias, todos hacen algo legítimo pero tienen que actuar a escondidas de forma vergonzosa. (...)
En algunas situaciones límite una persona no puede expresar su voluntad respecto a su deseo de seguir viviendo. A menos que exista una declaración contraria, es razonable asumir por defecto el deseo de vivir. Una persona que se encuentra en estado vegetativo persistente, o en una situación donde no sea capaz de razonar o expresarse, puede haber hecho constar con anterioridad (con plena capacidad de discernimiento y decisión) su voluntad sobre esa situación mediante un testamento vital o documento de voluntades anticipadas. Si no hay un testamento vital es la familia, el heredero o la persona previamente designada por el afectado quien está legitimada para decidir qué hacer. (...)
Algunos pretenden que la eutanasia es innecesaria, que todo el que quiere suicidarse puede hacerlo por sí mismo. Un paralítico completo tiene bastante difícil matarse a sí mismo. Algunas personas pueden preferir una muerte menos desagradable que cortarse las venas, tirarse al vacío, o pegarse un tiro, y están en su derecho: que puedan suicidarse no significa que no tengan derecho a pedir ayuda a otros, de igual modo que en principio es posible producir uno mismo todo lo que necesita pero casi nadie lo hace. Mediante la eutanasia los enfermos terminales no eligen morir, eligen cuándo, dónde, con quién y cómo morir.
Sobre la eutanasia infantil, el caso más peliagudo:
La eutanasia infantil es especialmente problemática. Bebés y niños suelen ser amados intensamente, se suponen llenos de vida y con todo un futuro por delante. Pero en ocasiones sufren graves enfermedades, algunas irremediables, que les provocan intensos dolores. Mientras que un niño no pueda decidir por sí mismo son los padres quienes están legitimados para tomar la difícil decisión de mantener o no con vida a sus hijos.
El argumento definitivo contra aquellos que aceptan el suicidio como legítimo pero quieren prohibir el suicidio asistido:
Si el suicidio es legal, la prohibición de la eutanasia implica el absurdo legal de que es un crimen ayudar a alguien a hacer algo que no es un crimen.
Podéis leer la reflexión completa de Paco Capella aquí.





