Acabo de leer este artículo de Antonio Robles sobre el manifiesto por la lengua común. Me parece muy sensato y atinado.
Puedo entender que ciudadanos sin relación con la política o el conocimiento ilustrado puedan estar intoxicados por la desinformación y deformación nacionalista, pero no es de recibo que personas informadas que se preocupan todos los días por la igualdad de género, la defensa de los animales o la libertad de expresión, sean incapaces de defender el derecho de cualquier padre para elegir la lengua vehicular en la que tienen que estudiar sus hijos que consideren oportuno, además de la lengua regional correspondiente si vive en comunidades bilingües.
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Aplicándome el cuento de la primera cita que iniciaba este artículo, es preciso comprender a una amplia parte de la ciudadanía de Cataluña y demás comunidades bilingües, su buena fe al creer que sólo si se discrimina a favor de los idiomas regionales, el recelo ante la lengua común será menor. Es una creencia muy extendida, y aunque objetivamente tal aptitud es una aliada natural de las políticas excluyentes de los nacionalistas, no participan de las intenciones torcidas y últimas de éstos. Incluso entre ellos, hay quien es consciente del uso, pero no considera que la fuerza del nacionalismo excluyente sea tan preocupante como el Manifiesto dice. Como el filósofo Víctor Gómez Pin: “¿Qué a algún gestor cultural le gustaría erradicar una de las dos lenguas? No lo dudo, pero en este asunto las intenciones cuentan menos que las relaciones de fuerzas”.
Robles dice también que hay que criticar el manifiesto por lo que dice, no por lo que se supone que dice o lo que los nacionalistas querrían que dijese. Creo que yo lo he criticado por lo que dice, y también por no decirlo de otro modo para evitar (o dificultar) que los nacionalistas lo interpreten a su manera.





